Sebastián Eddowes

"El lobby gay" | Revisa la columna de Sebastián Eddowes en Teatro Club | Una columna que quiere decir algo sobre la representación de género, de la no-heterosexualidad (y quizás de otras minorías) en el teatro peruano y sus alrededores.

Columnista de Teatro Club

Sobre “San Bartolo” o sobre la comunidad

Estas notitas se arman sobre la columna anterior.
Sería lindazo que la chequees.
Pero si no, tranqui.

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Algunos antecedentes porque soy un denso.

Empecé a leer La cautiva, de Luis Alberto León, en la combi. Era de noche. Necesitaba esa obra y no paré hasta terminarla. Caminaba por las calles de Lima, sin luz pero no importaba: no podía dejar ese texto a la mitad. Luego, verla fue un hito en mi vida de espectador.

Nidia Bermejo en “La Cautiva” de Luis Alberto León.

Cuando entrabas al Teatro La Plaza para el montaje veías imágenes y testimonios de madres que habían perdido a sus hijos en la guerra interna. Estos documentos estaban en Larcomar. Esto producía un desplazamiento interesantísimo y fundamental. La obra no era solamente un extraordinario trabajo de dramaturgia y de montaje. También aprovechaba su lugar de enunciación para potenciarse.

Teatro La Plaza ha construido durante años un prestigio y una propuesta sólida, desde la construcción de un público mediante un diálogo respetuoso y efectivo con elles. Es un reconocido punto cultural de la ciudad, uno de los teatros más caros de la capital y uno de los que más público moviliza. Apela sobre todo a un público de cierto lugar del país y de cierto poder adquisitivo. La Plaza realiza obras que pueden calificarse como buenas, valiosas, “culturales” (si tal término tiene algún sentido, a mí no me gusta) y de altísima factura de producción. Esto produce recelo en algunos sectores, y hay quien piensa que es un teatro “comercial”, empacado para la burguesía limeña. A mí esas categorías me ayudan poco.

Lo que ha producido La Plaza en años de trabajo es un espacio reconocido por su público como valioso. Y esto es fundamental. Nadie convoca tanto público de manera sostenida para las artes escénicas en nuestro país como la Asociación Cultural Drama (Los Productores, La Plaza, Sala de Parto, etc.), y probablemente ninguna otra entidad teatral sea tan respetada. Nos guste o no, suscribamos o no sus estrategias, el vínculo existe: su teatro está sustentado por su público. Entonces, desde los últimos años (hay antecedentes, como el montaje de Chela de Ferrari de El beso de la mujer araña), y particularmente con La cautiva, el Teatro La Plaza realizó un movimiento particular: producir discursos que probablemente no sean comúnmente aceptados por su audiencia, pero desde un espacio valorado y respetado por ese público. Algo similar a lo que hace Eduardo Adrianzén desde la telenovela: ¿cómo combates la homofobia, la violencia, el racismo, el machismo, el abuso, la corrupción, todo desde la cultura? Pues no repites los discursos a quienes ya los defendemos. Más bien, encuentras lugares y lenguajes para dialogar con quienes no comparten ciertas premisas. En otras palabras: te ganas la confianza a pulso y luego la usas para ensanchar el universo de significados que compartimos. Pero no la puedes traicionar o lo pierdes todo. Es un diálogo, nunca una imposición.

“Mucho ruido por nada”, dirigida por Chela de Ferrari.

El estreno de La cautiva fue un acontecimiento. Durante la función había quien se iban molesto de la sala. Ciertos círculos celebramos la obra, otros la rechazaron con las vísceras enteras. Y luego el entonces ministro Daniel Urresti la acusó de apología al terrorismo sin haberla visto.

Esta acusación fue gravísima como ataque a la libertad de expresión e intento de censura. Pero solo es pensable si recordamos que la obra fue montada en ese lugar. Montajes tan o más fuertes han sido realizados en el Mocha Graña o el Teatro Racional, pero nadie ha intentado censurarlos. Una cosa es producir un discurso desde ciertos espacios, digamos, “periféricos”, y otra desde espacios “oficiales” (¡Fea terminología! Quien la pueda mejorar, escríbame un inbox plis). Ambas tienen roles y posibilidades, no son unos más importantes que otros. Pero el público al que te diriges determinará qué significados ofreces y en qué formas. Si a un público fervientemente religioso le das una obra con homosexuales desnudos besándose eróticamente los perderás y no habrá debate posible. Si a un grupo de activistas por los derechos humanos les dices que Cantuta y Barrios Altos fueron un horror, posiblemente solo repitas sus ideas. Podrán darte la razón y amarte, pero probablemente no haya transformación. Creo que David carrillo manejó esta tensión brillantemente en Corpus Christi en el Mocha Graña. La obra no repite a un público sensibilizado la vulnerabilidad de poblaciones no heterosexuales, sino que problematiza las relaciones, las lecturas y los significados de estos procesos a un público que ya está comprometido. No les repite lo que ya saben: los lleva a otro espacio. El equipo tiene el valor de llevar a su público a espacios nuevos, presuponiendo que ciertas sensibilidades están ganadas (el poster es perfecto por eso: no jala al Pastor Rosas, sino a ti o a mí que quieres repensar la comunidad).

Volvamos a La Plaza. Urresti intentó censurar La cautiva como antes la Iglesia trató de censurar Respira de Eduardo Adrianzén en el Británico, o como Karina Calmet nos disuadió de ver La casa rosada. Esto puede ser porque su lugar de enunciación era “oficial”, y porque por eso llegaban a un público amplio y con un prestigio cimentado en el respeto de su audiencia. La importancia de La cautiva no está solamente en qué se dice, sino también en quién lo dice, desde dónde y cómo. Luego extendieron esta estrategia y tuvimos Mucho ruido por nada. La comedia isabelina se transformó para que, respetando el material original, se modificaran sus recursos para vincularse con su audiencia, y en ese proceso debatir problemas de homofobia y machismo. Me encantaría creerle a nuestros amixers filósofos de que lo importante es qué se dice y como se argumenta. Pero humanos somos. Nuestra recepción de ideas no es transparente y objetiva porque (felizmente) de carne somos.

“Lucha Reyes, decirte adiós”, de Eduardo Adrianzén, recientemente en temporada.

Este año La Plaza monta cuatro textos peruanos: Santiago el pajarero de Julio Ramón Ribeyro; Lucha reyes, sin decirte adiós de Eduardo Adrianzén; San Bartolo de Alejandro Clavier y Claudia Tangoa; Un misterio, una pasión de Aldo Miyashiro. Cuatro obras sobre el fracaso del estado, el racismo, el clasismo, el abuso de poder y la pobreza para un público amplio. Por esto creo que el teatro más político del Perú hoy está en La Plaza. No solo por la calidad de sus montajes, sino porque colocarlos en Larcomar para un público que no necesariamente comparte las ideas que debaten es una oportunidad de transformación increíble.

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Notas sobre San Bartolo.

Edohuez, qué pesado eres, ctm. Floreas un culo y ¿RECIÉN hablas de lo que tenías que hablar?
Ez keh zoi une pezade.

La obra me encantó. Me conmovió y me hizo revisar parcelas de mi historia. Pero no escribo para hablar de la obra en sí. Quiero incidir en su potencia. El lugar de enunciación es poderoso y esto fortalece su discurso. Es imposible que pase desapercibido, aunque tengamos miedo de hablar de la Iglesia católica porque tiene aquí demasiado poder político y simbólico. Esta obra trasciende al Sodalicio y habla de una organización que encubre pedófilos como modus operandi. No quiero entrar en la validez y virtudes de la Iglesia como totalidad porque es una discusión compleja, pero vamos con hechos:

La Iglesia como institución, desde sus poderes más altos, encubre y protege abusadores sexuales. Y recibe financiamiento de nuestro Estado.

Aquí ya no es un asunto de fe, de creencias, de opiniones o de perspectivas: una institución poderosa defiende sistemáticamente (no es accidente, excepción ni leña del árbol caído) a hombres que practican abuso sexual (incluyendo menores de edad) aprovechando su poder, legitimidad y prestigio. Lo sabemos, pero las autoridades no pueden hacer mucho contra ciertas determinaciones eclesiales.

Afiche de la obra

¿Qué aporta San Bartolo? Que el tema siga moviéndose, que veamos más allá de los casos concretos y pensemos en las características institucionales que permiten, fomentan y protegen estas prácticas. Pero produce algo más interesante.

El teatro puede incitarnos al cambio. Podemos pensar, como Augusto Boal, que nos prepara para la transformación. San Bartolo produce eso pero sigue. Se enfrenta explícitamente al abuso de poder de la Iglesia desde una posición ya respetada, desde un espacio que ha construido respeto en quince años. No es solo una llamada a la acción, sino una acción en sí misma. No produce mucho conocimiento nuevo (los casos han sido bastante difundidos) pero sí produce comunidad. Genera un encuentro colectivo que rechaza prácticas institucionales poderosísimas. Y nosotres, como audiencia, tenemos que posicionarnos porque sabemos que no se trató solo de un grupo de enfermos que ya expectoraron, sino de prácticas recurrentes de muches que administran nuestra fe, ideas, creencias. Desnudar y develar eso en colectivo nos arma para resistir. No estamos soles en nuestro cuarto viendo las denuncias en el celular. No estamos solo con patas o familia. Somos doscientas y pico personas juntas por noche, armándonos de fuerza para saber que no estamos aislades, para reconocer en la mirada de les otres la misma certeza de que debemos cuidarnos de estas prácticas, que debemos cuidarnos entre nosotres, y que no son errores sino delitos. San Bartolo es una acción en sí misma. Alejandro Clavier y Claudia Tangoa producen una acción transformadora, un ritual, un empoderamiento contra la violencia. Eso que solo el teatro puede hacer cuando nos confronta a nosotres con nosotres mismes. El conflicto no solo está en el escenario, también en el imaginario de les espectadores. ¿Cuántes siguen identificándose como católiques? ¿Cuántes irán a misa esa semana? Cada quien tiene derecho a pertenecer a la institución que quiera, pero ¿cuándo esta libertad se vuelve complicidad?

San Bartolo hace estas preguntas. E insisto: no es solo qué se dice, sino dónde y cómo. La obra es un enfrentamiento directo y contundente, amparado en la comunidad construída en tres lustros y cada noche de función. Se trata de recibir los testimonios juntes, en el mismo lugar y el mismo momento. En confrontarnos con nosotres. En responder a la impunidad de manera institucional y no solo de manera aislada. En vernos en la mirada de le otre y posicionarnos. Porque en colectivo se puede enfrentar la miseria. Porque luchar contra estas prácticas miserables nos dará autonomía sobre nosotres, sobre nuestros cuerpos, nuestras creencias.

La libertad no está solo en liberarse del colectivo, sino en encontrar nuestres aliades, vernos en les otres y ser comunidad. El teatro ha sido inventado para lograr todo eso.