Sebastián Eddowes

"El lobby gay" | Revisa la columna de Sebastián Eddowes en Teatro Club | Una columna que quiere decir algo sobre la representación de género, de la no-heterosexualidad (y quizás de otras minorías) en el teatro peruano y sus alrededores.

Columnista de Teatro Club

No es solo qué. Es para quiénes

Toni Morrison señaló que Tolstoi no escribía para ella y que ella escribía para
mujeres negras. Hace que te preguntes: ¿para quién escribo? (…) Yo he estado
escribiendo para impresionar a viejos hombres blancos. (…) Ahora trato de
entender el fenómeno que sucede en mi cabeza, y quizás también en la tuya,
en donde el supremacista blanco patriarcal determina lo que escribo.

Claire Vaye Watkins. On pandering[1].

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Alguna vez tuve diez años. Un día, fui a ver Titanic con un amigo. Como buen chibolo, la idea me pareció insufrible, pero me insistieron y ya.

Cuando Edohuez salió fue otra persona.

Me divertí, lloré, me fascinó el barco, Rose y Jack superando barreras sociales para amarse, tuve sensaciones rarazas con desnudos que no estaba preparade para ver, y nunca superé a los dos viejitos abrazados en su cama listos para morir mientras la cabina se inundaba. Salí y ya me había enamorado del cine.

(1) Poster de la pelicula Titanic

Póster de la película “Titanic”.

Debo haberla visto diez veces. Ese año vi los Óscar esperando que esa película que tanto me había gustado gane todo. Me ligó, y creo que mis expectativas sobre el cine y la vida se construyeron con esa pareja de locazos que destruían lo que se esperaba de ellos. Es alucinante como el cine, el teatro, la música, las imágenes construyen nuestras expectativas sobre la vida.

Titanic se convirtió en uno de mis primeros dilemas conceptuales (así de huachafo). Encontré muches que compartían conmigo la idea de que la película era “buena” y otres convencidos de que era un bodrio. Mi cabecita no entendía nada: ¿la película era buena o mala? ¿Estaba bien que me guste? ¿O me estaba gustando un bodrio y no debía gustarme? Como cuando era chiquite y todos los días a las ocho visitaba a mi abuela para ver la novela. Mis papás me la prohibían y yo no me atrevía a hablarlo, porque las novelas eran malas, para mujeres, para mayores. No sé si fingían no darse cuenta o me creían tan inocente Yo amé María, la del barrio La próxima víctima, pero no me podían gustar: me iban a tachar de cabro, desobediente, chiquillo. Pero el deseo es más fuerte que las normas que lo regulan.

Vuelvo a esto porque me pasaría lo mismo siempre. El gusto es una de las cosas más normadas que existen. De pequeñe me interesaba salir con chicas: mis amigos lo hacían (o decían hacerlo) y obviamente me tocaba hacer lo mismo. Pero me gustaban más mis amigos, y yo aterrado lo sepultaba bajo doscientas capas de concreto emocional sin poder decírmelo ni a mí. Una serie de regiones de mi vida se reprimían para evitar que me saquen la mierda o me excluyan del grupo. Pero no solamente no lo decía: tampoco me lo decía. Mi cuerpo desbordaba el sistema normativo en el que tenía que entrar y mutilaba espacios internos para encajar. Lo divertido es que esos espacios no desaparecen y disfruto tanto como a los 8 años cantar a gritos a las Spice Girls, aunque por una década me fuera prohibido y peligroso. A los ocho básicamente fui excluido de todos los círculos de mi vida porque era demasiado sensible y afeminado, así que tenía que “volverme hombre”. Todo lo que saliera de esa categoría me exponía a la exclusión y a la violencia.

Siguió una negociación inconsciente. Yo era el rarite pero a la vez necesitaba ser parte de una comunidad, así que aceptaba sus valores y me obligaba a gustar de Limp Bizkit o Dragon Ball. No se trata de que “decía que me gustaba”, más bien lograba involucrarme con ello. Porque era “bueno”. Porque “tenía que gustarme”. Para integrar una comunidad necesitas compartir símbolos, aceptar sus inclusiones y sus exclusiones. Adecuarse a sus normas y exponerte al juicio cuando las cuestionas o las niegas. Por supuesto, me encantaba Ana Gabriel y Chayanne, pero era secreto hasta para mí. Performear la norma no implica fingirla sino apropiarla.

En mi educación se asumió obvio que Goethe y Vargas Llosa eran buenos, pero que las telenovelas eran “cultura de masas” (término que odio). Algunos de mis amigos cercanos eran hombres, heterosexuales, miraflorinos, clasemedieros, con intereses intelectuales, y convivir con ellos implicaba escuchar The national, Sufjan Stevens, Beach House o Daft Punk. Con uno de ellos teníamos el placer secreto de cantar juntos Backstreet Boys, Luis Miguel o Cher, y si bien lo admitíamos y lo usábamos para incomodar la normatividad, teníamos clarísimo que ese era un disfrute privado. “No eran buenos”, lo bueno era lo otro, lo oficial. Estas eran “las huevadas que nos vacilaban porque estamos locazos”. Se trazaba una línea de legitimidad bien peculiar, y cuando yo trataba de ensanchar esas líneas chocábamos. Habían elementos que no ingresaban a nuestro espacio de legitimidad.

(2) Thalia en Mari la del Barrio

Thalia en “María la del Barrio”.

Igual, tengo la costumbre de parar con gente bien distinta y los espacios de legitimidad son distintos en cada lado. Pasé a escuchar Love of Lesbian con mi novio de entonces, Krudas Cubensi con las cabras disidentes, Mika con los gays miraflorinos, Romeo Santos con mi compañera de oficina, Olga Tañón con los jesuitas, Charly García con los desadaptados, Rent de Jonathan Larsen con el grupo de teatro. Alicia Delgado y Pastorita Huaracina las escucho solo porque no encuentran aún su espacio de legitimidad. Los puntos de intersección no aparecían aunque los peleara. Mala idea sería poner Afraid of everyone con la disidencia o Simplemente amigos con los miraflorinos porque se incomodaban. No exagero, las caras cambian al malestar cuando aparece el elemento extraño, o quizás las sonrisas del “trato pero no entiendo un carajo”. Escribo esta columna escuchando No me doy por vencido de Luis Fonsi. Quizás algune de ustedes ría, piense “ay, Edohuez”, se incomode o cuestione la legitimidad de mi discurso porque no lo hago escuchando reggaetón combativo, hip hop gringo, música clásica, hípster, cumbia.

Esta vaina es normal. A nadie le gusta todo y quien lo afirme miente. Pero operan dos problemas que quiero discutir: primero, que nuestros gustos nos separan todavía más de lo que ya estamos. Bravazo juntarse con quien te parezcas más, pero saber que alguien escucha música ilegítima para un sistema o gusta de películas, obras, series fuera del espacio aceptado puede producir su exclusión del sistema y romper el diálogo. La segunda es que tendemos a hacer un paralelo mental injustificable. Alucinamos que si algo nos gusta, si algo ingresa en nuestro espacio de legitimidad, es porque es bueno. Y esto no es verdad.

Las cosas nos gustan, las integramos o las aceptamos porque encajan en nuestro universo personal, o porque estamos dispuestes a ampliar ese universo para integrar algo. Pasa con la comida, con la música, con el arte, con nuestras ropas, con los cuerpos que nos atraen. El gusto no es espontáneo, es construido. Cambia con el tiempo porque va afectándose por encuentros y expectativas. Las cosas que nos gustan hablan de nuestras vidas, de los espacios que habitamos y de los que queremos habitar. Yo ya creo que nuestras reacciones a productos culturales son también reacciones al universo con el que las vinculamos. El desprecio al reggaetón (no al expresamente machista, que ahí el proceso es distinto) muchas veces es desprecio a la comunidad que imaginamos la escucha. La música que no escuchamos es también un síntoma de no ver comunidades que no nos interesan. Simplifico el problema para traer a la superficie un par de cosas.

Si partimos de estos elementos, aparecen dos puntos que quiero soltar. Primero, que tenemos agencia y responsabilidad sobre nuestros gustos. No son hechos dados, no son producto de la calidad de aquello con lo que nos encontramos. Son producto de nuestros universos, y podemos ensancharlos y acceder a otros. Segundo, para quienes nos asumimos creadores de productos culturales, implica la pregunta que hoy es más importante pa mí y que raras veces apareció en mi formación. ¿Para quién quieres producir? ¿A quién le estás hablando? ¿En qué universo quieres insertarte? Así, decides elegir tu audiencia y construir para esa comunidad, no para “el público”, “el universo” o para ganar un óscar.

El problema es que las comunidades no existen en un espacio de democracia radical. Existen espacios que tienen mayor poder simbólico, económico o social, y en nuestros imaginarios puede ser más importante acceder al Teatro Británico que al FITECA. Decir que estrenamos fuera del país puede impresionar bajo la premisa de que hemos accedido a comunidades de mayor “peso”. Asumimos consciente o inconscientemente el propósito de ingresar a un universo y en función a eso determinamos una serie de cuestiones: en qué espacio lo haremos, con quiénes, qué estilo usaremos, cómo se verá, etc. La pregunta deja entonces de ser qué quiero hacer, o cómo hacerlo bien. La pregunta se transforma en qué pide le otre.

(3) Claire Vaye Watkins

Claire Vaye Watkins.

Para muches esta pregunta incomoda, nos hace sentir que integramos el capitalismo más acrítico y salvaje y vendemos coca cola. Yo también rechazo esa posibilidad. Es que esta pregunta está también enmarcada en un sujeto y un colectivo creador y desde allí cobra sentido. El proyecto personal se entronca con espacios a los que se quiere une integrar. Pero si no hacemos esta pregunta, creo, produciremos sin notarlo para un espacio predeterminado.

Claire Vaye Watkins, en su artículo On pandering, señala que ella escribía inconscientemente para hombres blancos viejos (“old white men”). Yo he escrito para mi idea de “lo bueno”, para integrar espacios que asumía valiosos, pero sin realmente preguntarme cuáles eran. Mi espectador ideal era un remix rarazo de mis aspiraciones inconscientes. No reniego de mi chamba, pero necesito replantearla. Solía disculparme por hacer comedias ligeras para hablar de temas complejos y sentirme un mejor creador cuando me sentía profundo, serio, actual, trasgresor, denso. Una serie de valores que no necesariamente me interesan cuando pienso en ellos.

No existen obras de arte buenas en sí mismas. Existen productos culturales que logran insertarse en comunidades y otras que no. Existen comunidades con mayor poder, legitimidad o dinero que otras. Existen comunidades más organizadas que otras. Hoy pregunto eso: para quiénes creas, para quiénes te construyes, para quiénes hablas. Y para qué. Esto me lleva a cuestionar los espacios legítimos de teatro, que me encantan, pero no son los únicos. Tampoco necesariamente los mejores. Podemos producir otros lugares, otros momentos, otros espacios. Hacer un teatro diverso y participar en el proceso de generación de comunidades. Eso es algo que tienen prácticas performáticas de nuestro país como las fiestas populares, las procesiones, o incluso las misas. La creación de actos que generan, fortalecen y producen comunidades.

Así podemos repensar nuestros trabajos y abrir espacios nuevos, que tanta falta nos hacen para ampliar nuestras experiencias.

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[1] El artículo de Watkins es una joya y a mí me hizo repensar absolutamente todo en lo que creo. Si lees inglés y tienes tiempito y ganas, lo recomiendo infinitamente. Dale una mirada pe http://tinhouse.com/on-pandering/.