María Teresa Zúñiga | Jorge Luis Miranda

"Expresión del Teatro desde el interior" Una mirada desde el interior sobre el teatro, eventos culturales, elementos y componentes de la pedagogía teatral en los procesos creativos.

Columnista de Teatro Club

Viajeros: Encuentro itinerante en el teatro

A la memoria de Mario Delgado Vásquez

Mario Delgado y María Teresa Zúñiga en la presentación de la Antología Latinoamericana 2011, en el Centro Cultural de San Marcos.

1998, Ayacucho abrió las puertas de un inmenso Retablo. Nave del tiempo de ayer y de siempre. Sus personajes pasearon por las cuatro calles que rodean la plaza; largas piernas sosteniendo a los más atractivos personajes en medio de pitazos y jolgorio, bombos y platillos, zampoñas y charangos confundiéndose con los acordeones extranjeros que cruzaron miles de millas a través del atlántico. Tambores llegados desde la columna vertebral de la cordillera de los Andes; entremezclados con la gente de la bella Huamanga y las decenas de actores que llegaron de todas partes, con el fin de ser parte de este momento tan especial. Así mis ojos navegaron en medio de aquel navío de posibilidades o, como decía Eugenio Barba, de aquellas autonomías, con el fin de ser parte de esta historia. Un intercambio poderoso de experiencias inolvidables, un tiempo para el éxtasis, la tierra y el mar se separaron y quedamos sostenidos por un hilo invisible, manifestándose la creación a través de sus mejores voces: El Odín Teatro de Dinamarca, Teatro Itinerante del Sol de Colombia, Teatro Sunil de Suiza, Tablas y diablas de México, Teatro Mapuche de Argentina, Malayerba de Ecuador, Contradanza de Venezuela, Yuyachkani, Cuatrotablas y el Teatro Nacional de Perú, y desde Huancayo llegamos con Expresión, invitados por Mario Delgado, invitación que se inicia en Huancayo en 1996, después de que él viera “Zoelia y Gronelio”, obra que presentamos en la Muestra Nacional y que luego se vio en Ayacucho 98, en una función, que a decir de César Escuza, director de la obra, se trataba de “una misa para curas”.

Pasacalle del Odin Teatro en Ayacucho 98.

Las calles de Ayacucho se vieron invadidas por actores, directores, dramaturgos, músicos, cronistas y críticos, una ciudad asaltada por la irreverencia tan particular del teatro, creando un mundo al revés.

Huancayo nos presentó y desde entonces tejeríamos con Mario una amistad basada en la complicidad, lejos de todo bullicio, de toda diferencia o semejanza, sostenidos por aquella línea delgada que descubre lo misterioso. Fue así que enhebramos con aquellos hilos que el tiempo no rompe, ni la polilla carcome, y construimos una pequeña historia, con encuentros, entre maletas y aeropuertos, eventos y paseos, almuerzos y ayunos que simplemente nos impusimos.

El 2010, Cali nos retrató en sus esquinas, entre sus bellas iglesias y nos descubrió hablando hasta la saciedad del teatro, de nuestros sueños y nuestras largas y copiosas penas, en el marco de un encuentro de dramaturgia, evento tan bien llevado por Luz Stella, mujer de teatro, días de intensa actividad, lugar donde Mario hizo gala de su personalidad, planteando los nuevos retos del teatro latinoamericano, mientras una gran tristeza se desplazaba dentro de él, tristeza invisible para los demás y tan lacerante para los que estábamos más cerca a él.

Mario Delgado, María Teresa Zúñiga y Kirsten Nigro en Minnesota.

Mario era como un arrecife de aguas dormidas que despertaba y navegaba sin cesar, sin medir el tiempo y el peligro. Se entregaba a los brazos de la vida y como si fuera un torbellino de realidad y ficción nos perdíamos en el regazo de aquellos eventos que tantas veces nos reunió. Bailando en una plaza de Minneapolis, jugando entre los árboles y hasta interpretando una escena melodramática en uno de los teatros que fuimos a conocer. Mario muchas veces incomprensible era auténtico, pese a su gran histrionismo que a muchos enfadaba.

El 2002 en Minnesota, invitados por tan prestigiosa Universidad y por Luis Ramos García, Mario dijo: “Somos una especie en extinción”, refiriéndose a la gente de teatro ante la mirada atenta de los presentes y despertando un sin fin de comentarios. Sus palabras se sostenían sobre aquella personalidad difusa para algunos y efervescente para otros. Sus palabras devenían de una raíz muy especial: su amor por el teatro. Y ese amor edificó un gran afecto entre los dos. Hablando siempre de sus proyectos, de sus grandes cuestionamientos al teatro fácil y sin sustento, de su gran conocimiento sobre los grupos y sobre su manera tan particular de ver la creación y en medio de todo ello sus grandes silencios, escuchando a los demás; para luego sentarnos en una banca de algún parque y pedirme que le diga una vez más los textos de Zoelia a quien amaba profundamente. Y es que Mario era una de esas personas que poseían muchos ángulos, aquellos matices que crean la complejidad del hombre y el que yo conocí, simplemente me conquistó. Fueron muchos encuentros sin previo acuerdo, como si la vida nos reuniera en un tiempo intermitente. En Huancayo, Ayacucho, Arequipa, Minnesota, Colombia, Lima tantas veces. Viéndonos la última vez en la presentación de una Antología de Roberto Ángeles, nos sentamos juntos y él simplemente cerró los ojos durante la función y al terminar me dijo: “Ya no me siento parte de esto”. Al salir nos despedimos, con ese deseo de volver a Huancayo, me abrazó como tantas veces, me miró largamente y me dijo: “Somos una especie en extinción, no lo olvides”. Y se fue, se fue para siempre, con sus dolencias eternas y, su inalcanzable utopía.

Jorge Miranda, Mario Delgado y María Teresa Zúñiga en el Hotel Bolívar. Presentación del Libro Teatro, Memoria y Herencia.

Ahora sentada, releo “La nave de la memoria” de Mario y me detiene el texto que me dedicó el día que me entregó el libro, cuya frase reza: “María Teresa no hay palabra escrita que pueda simbolizar el afecto, yo uso la palabra amor porque hay que reivindicarla… amor solamente…” y solamente es amor lo que lo sostuvo siempre, algo paradójico para haber existido en tiempos tan violentos.

Y una vez más me despido, como tantas veces lo hicimos en aeropuertos y terminales, cuando el adiós era una formalidad que nunca se cumplió. Y ahora cierro los ojos y recuerdo nuestro “Gran baile”, en aquel bello escenario en Minnesota, girando como dentro de un torbellino, inexplicablemente vivos.

Hasta siempre Mario.

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Por: María Teresa Zúñiga.

En portada: Mario Delgado con los integrantes del Grupo de Teatro Expresión, en Ayacucho 98.