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La revolución de Doña Música (segunda mirada)

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En tiempos de crisis y evidente podredumbre política es posible que algunos vean al teatro como una opción escapista. Sin embargo, la historia nos ha mostrado una realidad menos penosa. El teatro, aunque parezca hecho con telones de humo, siempre se dio mañas para desenmascarar la mentira. No es extraño entonces que, en este sistema neoliberal de aparente bonanza, se consolide una plataforma para el teatro musical. Cantar y bailar es saludable. Cura. Puede parecer que queremos olvidar los problemas, pero estas grandes producciones son vehículos masivos para observarnos como sociedad. No en vano, Bertolt Brecht usó canciones para repotenciar su objetivo crítico y darle otra dinámica al teatro que confronta.

“Un príncipe para tres princesas”, EspacioLibre (1999).

Cuando empecé a dirigir teatro quería que la música tenga un lugar especial. Siempre imaginaba la escena como una gran orquesta. Sonaba siempre. Podía escuchar el ruido que dejaba el no saber qué hacer o el miedo al silencio. Podía escuchar la escena cuando moría en su tránsito y su divagación. Cuando los colores, las texturas, los elementos teatrales desentonaban en su codificación o saltaban las fronteras del sentido común y matemático del juego escénico. Algo hace ruido, suelo decir con frecuencia cuando veo teatro. Ese sigue siendo mi catalizador. Mi ejercicio. Mi punto de partida para la observación de la experiencia teatral.

La fundación de EspacioLibre sucedió mientras Claudia Sacha y yo escribíamos Un príncipe para tres princesas en Julio de 1999. Obra familiar que diseñamos reinventando en uno tres cuentos populares: Cenicienta, Bella Durmiente y Blanca Nieves. Largas horas de tecleo y cigarrillos. Teníamos claro que el texto debía tener música original y ser cantada por los actores y actrices. La cantautora peruana Jéssyca Sarango asumió el reto. Aún recuerdo lo impactante de su capacidad para interpretar musicalmente la propuesta teatral que le trajimos. Realmente un lujo. Por otro lado, el vínculo con el dramaturgo Gonzalo Rodríguez Risco, experto en musicales, me permitió seguir indagando sobre mi pasión por lo sonoro. Diecinueve años después, Café Inútil Orquesta de Karlos López Rentería abrió una nueva línea de investigación para el grupo. En ella estamos ahora.

“La Era del Rock”, dirige Henry Gurmendi (2018).

Hoy se ha vuelto más frecuente que los creadores escénicos se involucren en la creación musical como propuesta incidental o, yendo un poco más allá, intervengan la estructura dramática con bailes y canciones. Cito mi columna anterior: Podemos decir que el siglo XXI y sus nuevas tecnologías han comenzado a asumir mayores riesgos en el tejido espectacular. Ya no son esfuerzos aislados o tan esporádicos como antes. […] El teatro musical en nuestro país tiene una larga lista de esmerados anticipos que no solo muestran calidad, sino un intenso porvenir de nuevas miradas al realismo acostumbrado y redundante.

El musical importado hace escuela. Hace poco tuvimos en cartelera una nueva versión de Cabaret dirigida por Marco Zunino y Domenico Poggi. Una excelente apuesta para celebrar los veinte años de Preludio bajo la batuta de dos valientes mujeres, Rina y Denisse Dibos. No hay duda que el camino ha sido ascendente y que su aporte a la formación de artistas para el musical ha sido fundamental. Me siento afortunado de haber estado cerca, como curioso amante, de varios de sus proyectos desde A Chorus Line en 1999. Por otro lado, Los Productores han asumido un rol más empresarial al respecto. Mamma Mia y Billy Elliot lo demuestran claramente. Ambas bajo la dirección de Juan Carlos Fischer. Puestas impecables y con indudables méritos. Sin embargo, a diferencia de Preludio, su nivel de reflexión para elegir qué y cómo poner en escena es predecible. Casi casi una copia del original con poca pericia para enclavarse en la realidad actual.

“Cuando suenan los jiwayros”, de Tania Castro (2017).

También tenemos a Henry Gurmendi y su escuela D’Art que ha mantenido un sostenible plan de formación y producción desde 2004. Su última puesta, aún en cartelera, es La Era del Rock. Musical que recoge las canciones más representativas de las bandas, básicamente estadounidenses, de los años ochenta. Es interesante notar que en las últimas producciones musicales a las que he asistido aparece con más frecuencia el nombre de D’Art como parte de las reseñas de los actores y actrices que participan. Es fundamental visibilizar los espacios y maestros que están aportando a la construcción de nuestros teatros. Los investigadores y cartógrafos siempre lo agradecemos. No quisiera concluir este párrafo sin nombrar el aporte de Plan 9 que durante quince años insufló vida con proyectos musicales como Hedwig y la pulgada furiosa, El Show de terror de Rocky y La tiendita del horror. Propuestas que salieron del molde del musical hegemónico para mostrar el otro lado de la moneda: el musical de culto.

El musical peruano de apropiación lícita. Es natural que el aprendizaje comience por imitación. El entorno nos brinda un universo de conceptos y procedimientos que, al ser aprehendidos, producen conocimiento. Prueba de ello es El cóndor pasa. Zarzuela compuesta por Daniel Alomía Robles y Julio De La Paz. Estrenada en 1913. Probablemente el primer musical peruano, tomando en cuenta que el uso de este concepto es posterior. Lo que queda claro es que la estructura dramática es de origen europeo. Hablemos de ejemplos más cercanos. Preludio produjo Déjame que te cuente: El musical de Chabuca Granda bajo la dirección de Mateo Chiarella. Los Productores no dudaron en convocar a César De María para que escriba Las chicas del 4C. Musical dirigido por Adrián Galarcep que pone sobre la mesa a la mujer del cambio de siglo. Sin embargo, el punto notable lo propone la Asociación Cultural Playbill y Vodevil Producciones cuando deciden convocar a diversos escritores jóvenes para construir Zapping, 3 musicales en 1 bajo la dirección de Mario Mendoza. Una propuesta muy bien lograda que este año decidió desarrollar una de las historias: Japan.

(4) “Oye Para Siempre”, Cuatrotablas (2000).

El musical que se reinventa. A pesar de la juventud del teatro musical como lo conocemos, los intentos rupturistas existen en sus principales capitales y más allá de ellas. Off. Off. Off. Sin embargo, me atrevo a decir que estos intentos los tenemos más cerca y son más frecuentes de lo que imaginamos. Hace poco estuvo en cartelera Lucha Reyes, Sin decirte adiós escrita por Eduardo Adrianzén y dirigida por Rómulo Assereto. Si bien no se autodefinía como musical, claramente lo era. Algo similar sucede con obras como Cuando suenan los jiwayros escrita y dirigida por la cusqueña Tania Castro donde la voz y la danza se conjugan para contar la historia de una bailarina víctima del conflicto armado interno. El grupo Cuatrotablas tuvo dos momentos memorables con Tu país está feliz y Oye dirigidas por Mario Delgado. Ambas musicales. Yuyachkani, pese a quien le pese, sigue generando movimiento con Los músicos ambulantes. Oportuno caballito de batalla.

Y así podemos seguir poniendo ejemplos de cómo el teatro y la música interactúan permanente para poner en jaque la realidad… Y mientras la realidad sea (ex)puesta, siempre se hará evidente el ruido de lo absurdo. Aquello que suena inútil, pero que es fundamental para crear conciencia. Todo director o directora que-se-res-pe-ta ha tenido alguna experiencia con el teatro musical, del ortodoxo o del otro, pero estoy seguro que la ha tenido. Hagan el ejercicio y pregunten. Ángeles, Escudero, Ísola, Tolentino, Viale, Villanueva, no me dejarán mentir.

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Redacción

"HIC ET NUNC" (Aquí y ahora)En esta columna podrás encontrar una mirada panorámica de los diversos teatros del Perú y su relación con lo colectivo como forma de resistencia en los territorios más vulnerables de la creación. Las nuevas generaciones del teatro tendrán especial atención.