Diego La Hoz

"HIC ET NUNC" (Aquí y ahora)En esta columna podrás encontrar una mirada panorámica de los diversos teatros del Perú y su relación con lo colectivo como forma de resistencia en los territorios más vulnerables de la creación. Las nuevas generaciones del teatro tendrán especial atención.

Columnista de Teatro Club

La revolución de Doña Música (primera mirada)

En mi columna de enero apunté que el “año que pasó nos dejó [en] claro que el boom del teatro fue una quimera. Un espejismo creado por la empresa que secuestra al teatro peruano y lo enarbola como el último grito de la moda. Y ya sabemos que la moda es pasajera”. La palabra moda viene del vocablo modus que significa modo, medida, modelo. Entonces, cuando aparece el “modo” de hacer algo, rápidamente se convierte en un modelo a seguir por muchos. Sincerémonos. Algo de eso también buscamos en nuestro quehacer teatral. Sin embargo, hay una forma de teatro que se está desarrollando con sorprendente y estoico crecimiento: el musical. Que, por su complejidad y presupuesto, no encajan en la fugaz estratagema de la moda. Que, por lo general, es facilista y se puede copiar con vacía rapidez. ¿Qué? El Perú es un país pobre, pero eso no impide que se encuentren las herramientas para satisfacer a un público que quiere divertirse con calidad y a la vez saberse amado. Hay una parte de nosotros que (siempre) quiere bailar, cantar y sentirse parte de algo. Naturaleza nuestra de cada día.

“El diluvio que viene” – 1979.

La música y la danza han crecido siempre juntas. Y en esa cópula, absolutamente incestuosa, fue alumbrado el teatro. Desde oriente hasta occidente. En Grecia y antes de Grecia. En los ritos y las fiestas (pre) teatrales. En los siglos de oro del teatro europeo. Siempre juntos. Tres elementos que se retroalimentan en su propia naturaleza convivial. Preguntarse qué fue primero es como “lo del huevo y la gallina”. No importa.

Los griegos crearon dos mitos acerca de la invención de la música por los dioses. En el primero, Atenea inventó la música para expresar el dolor de la hermana de Medusa, es decir, como expresión de sentimientos humanos. En el segundo, Hermes creó la lira a partir del caparazón de una tortuga, como resonador del mundo, como el sonido perceptible de la armonía universal. El primer mito ha sido el más apreciado por los teóricos hasta el siglo XIX, en que se definió y comprendió la música casi exclusivamente como expresión de sentimientos humanos. Es evidente que en el caso del segundo mito se habla de la música absoluta, como significado en sí mismo.

De estos mitos podemos decir que la música tiene una función práctica, en tanto es utilizada en situaciones sociales específicas a lo largo de la historia de la civilización: en la magia y en la religión, en las fiestas, en el trabajo, en la muerte, en la guerra y en el cortejo. Por otro lado, está su función simbólica, que al ser creada sin ningún interés referencial, se convierte en una pieza que puede ser observada (y disfrutada) de modo aislado. Sin embargo, ambas dialogan de manera interactiva. Se retroalimentan. Es por eso que podemos utilizar la música como signo teatral.

“Papito, piernas largas” – 1981.

Lo que quiero decir es que el teatro siempre tiene música. El cuerpo mismo suena. Sonamos en escena… Y esa percepción se hace evidencia a través de las composiciones musicales. Sin embargo, la música en el teatro cumple distintos roles: acompaña una situación, resalta un momento, sirve como paso de tiempo, abre y cierra escenas. A todo esto le llamamos “música incidental”. Pero también existe la música como elemento que compone la acción: la interrumpe, la complementa, la canta. Eso es “el musical”. Un devenir de la ópera italiana, de la zarzuela, del music hall, del vodevil. Este género no realista nace en el siglo XIX y se consolida en el XX. Al mismo tiempo que la aparición del director teatral en la historia.

La primera obra musical que recuerdo haber visto fue “El diluvio que viene” hecha por el gran Osvaldo Cattone entre 1982 y 1983. Probablemente uno de los montajes más ambiciosos de la época. Recuerdo que era una fiesta. Todo era dinámico. La escenografía giraba. Llovía. Los actores bailaban y cantaban. Fue absolutamente impactante. Recuerdo también a otros personajes que, de pronto, se lanzaban al ruedo con algún musical: Lola Vilar, Piero Solari y Horacio Paredes.

El emblemático Teatro Marsano.

Pero es el teatro del cambio de siglo y sus más importantes representantes los que han proclamado un especial interés por el teatro musical. Podemos decir que el siglo XXI y sus nuevas tecnologías han comenzado a asumir mayores riesgos en el tejido espectacular. Ya no son esfuerzos aislados o tan esporádicos como antes. Ya no. En lo que va del año, por ejemplo, he contado más de una decena de obras de musicales en nuestra cartelera limeña. Y otro tanto, de un tipo menos ortodoxo, resuena a lo largo de nuestros teatros peruanos. Pienso en tres categorías: 1) El musical que se importa de las grandes capitales. 2) El musical que se crea en nuestro país pero es configurado con reglas aprendidas. 3) El musical que busca una identidad propia en su construcción. Todos válidos y plausibles. Pero lo más interesante es que hemos aprendido a ser cada vez más autosuficientes y multifacéticos como artistas peruanos. El cine lo ha demostrado con películas como Locos de amor y Av. Larco. El teatro musical en nuestro país tiene una larga lista de esmerados anticipos que no solo muestran calidad, sino un intenso porvenir de nuevas miradas al realismo acostumbrado y redundante.

No hablo de gustos. Hablo de un fenómeno que no podemos dejar de observar. El teatro musical nos invade, en el buen sentido de la palabra. Esta columna es solo el preludio de lo que quisiera desarrollar. En la siguiente prometo hablar puntualmente de algunas propuestas. Mientras tanto dejémonos abrazar por Apolo y Artemisa, y por las delicias del Kay Pacha. Dejémonos abrazar por ese aquí y ahora que nos enciende el corazón de sonidos insospechados.