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Una aproximación a lo trans (NUEVO)

¿Quién soy? ¿Qué quiero?

Soy un hombre y no quiero nada.

Martín Adán. La casa de cartón.

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Un cuerpo humano.

Un entramado de procesos que logra mantenerse vivo, que puede multiplicarse y que tiene consciencia de sí y su entorno.

No existen dos cuerpos iguales. Cada cual tiene sus particularidades y sus determinaciones. Cada organismo presenta infinidad de diferencias: en el color de los ojos, de la piel, del cabello (y su cantidad). En el índice de grasa corporal. En la altura. En la edad. En el tamaño y forma de los órganos sexuales. Pero esta diversidad no solo se aplica al cuerpo en cuanto dimensión física, sino también en su comportamiento. Cada persona exhibe movimientos distintos, comportamientos vocales diversos, un uso del lenguaje diferente. La diversidad es, pues, infinita. Y esto es algo que constatamos todos los días al relacionarnos con otros seres tan humanos como nosotros.

(1) Marcha por el orgullo gay

Marcha por los derechos trans.

En su Antropología existencial, el buen Vicente Santuc afirma que “el mundo que habitamos es de una abundancia desbordante. (…) Las acciones humanas más sencillas –la sonrisa, las lágrimas y el sonido de la voz-, difieren de una persona a otra y de un momento a otro. Así reconocemos a nuestros amigos.” (2015: 39). La abundancia del mundo y sus habitantes es tan inmensa que no podemos convivir con ella. Por lo tanto, la organizamos en categorías. Si cada cuerpo tuviese un nombre propio y único, el lenguaje sería imposible, así que agrupamos la totalidad de cuerpos en la palabra cuerpo porque estamos convencidos de que todos tienen algo en común. No son iguales, pero los llamamos igual porque algo comparten. Esto es normal y es parte de lo que implica ser humano: dividir el universo en categorías para que nuestras pequeñas cabecitas puedan entender algo.

Entonces, una vez que tenemos nuestras categorías armadas, les damos contenido. Ya no solo hablamos de cuerpos, sino que decimos que los hombres no lloran, que las mujeres tienen sentido maternal, que los cholos son sucios, que la gente del Ande es nostálgica, que los negros llevan el ritmo en el cuerpo y que los blancos son mejores trabajadores (y, por ende, se les contrata más). Según Santuc (2015), hacemos esto porque no podemos evitarlo: nuestro cerebro lo hace solo, categoriza sin preguntarnos y luego pensamos que dichas categorías responden a la realidad. Pensamos que nuestras ideas reflejan el mundo perfectamente. Y no necesariamente funciona así. A veces la distancia entre nuestros cerebros y el mundo es infinita.

Si bien hoy nos sentimos recontra posmodernos y decimos que esto ya no pasa, estas ideas estaban tan legitimadas que servían para organizar la sociedad. En la Colonia peruana, tu color de piel y el origen de tu familia determinaba tu acceso a derechos. Eso ya no pasa legalmente, pero pasa todos los días.Lo hemos naturalizado tanto que decimos que lo que hacemos es normal, mientras nos rasgamos las vestiduras gritando “pero ya no hay racismo”. En un sistema premoderno, la profesión de tus padres probablemente sea la tuya y nadie te iba a preguntar. ¿Tu viejo es zapatero? Probablemente lo seas también, y si eres el hijo mayor de un rey se esperará que seas rey también. Sí, es posible escapar de esto. Pero los que lo hicieron fueron siempre minoría.

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Divine en la película “Pink Flamingos” de John Waters.

Las categorías que implantamos a los cuerpos empiezan a determinar no solo qué son, sino qué pueden hacer y cómo deben comportarse. Lo que está en juego aquí es el conflicto entre la voluntad de la persona y las expectativas de les demás, expectativas generadas por elementos que exceden lo que alguien quiere o deja de querer. Se espera de cada cuerpo ciertos comportamientos que este debe seguir, y si no los sigue será acusado de trasgresión. Todos a los que nos han gritado “maricón” hasta el hartazgo en el colegio lo sabemos harto. Por todo esto, Judith Butler afirma que “las categorías nos dicen más sobre la necesidad de categorizar los cuerpos que sobre los cuerpos mismos” (2011).

Entonces, ¿somos lo que somos por decisión o porque la naturaleza o nuestro nacimiento lo decidieron por nosotros? Aquí cabría una amplia discusión sobre el conflicto entre naturaleza y cultura y voluntad. Pero esta modesta columna no hace reflexiones filosóficas complejas y solo debate teoría para poder problematizar la dramaturgia peruana. Por ende, si bien es innegable que estamos marcados por nuestros cuerpos, que no podemos decidir sobre muchos de nuestros rasgos y que la socialización desde niños nos construye muchísimo, también es innegable que a lo largo de la historia muchísimxs han decidido negarse al rol que se les asigna. ¿Qué pasa si al nacer tienes genitales masculinos pero no te identificas como hombre, y decides identificarte como mujer? ¿Qué pasa si los conceptos de “hombre” o “mujer”, de “masculino” o “femenino” no te ayudan a comprenderte? ¿Deben los otros decidir por ti sobre tu identidad? ¿Deben tus características innatas decir qué eres o dejas de ser? ¿O tenemos la libertad de reconstruirnos o deconstruirnos como mejor nos parezca? ¿La identidad es algo que se determina durante la concepción o va transformándose a lo largo de la vida?

No tengo una respuesta a todas estas preguntas. Tampoco soy un gurú dispuesto a decirles cómo vivir. Pero sí tengo algo claro: mientras tus acciones no generen consecuencias negativas sobre lxs demás, cada cual puede decidir sobre su vida y su cuerpo con mucha libertad. Estas decisiones pueden ir mutando durante la propia vida. Y nuevamente, mientras esto no genere daño al resto, la autodeterminación de una persona debe ser reconocida positivamente por los demás. Ya lo dijo Charles Taylor en La política del reconocimiento (1993): “la exigencia de reconocimiento se vuelve apremiante debido a los (…) nexos entre reconocimiento y la identidad, donde este último término designa algo equivalente a la interpretación que hace una persona de quién es y de sus características definitorias fundamentales como ser humano. (…) Nuestra identidad se modela en parte por el reconocimiento o por la falta de este” (43). En otras palabras, para constituirme como sujeto necesito que lxs otrxs me reconozcan como un sujeto válido, y mi identidad como algo valioso y digno. De lo contrario, las consecuencias de dicho desprecio o de la negación de mi identidad pueden tener graves consecuencias sobre la salud mental.

(2) Poster de la película Sin vagina me marginan

Poster de la película, aun por estrenarse, “Sin vagina, me marginan”.

Un caso radical de esta construcción es el caso de las personas transgénero o transexuales. Aclaremos conceptos: una persona transgénero es alguien que no se identifica con el género que se le asigna al nacer, vinculado con su genitalidad. Es decir, alguien que ha nacido con pene pero no se identifica como hombre o como ser masculino, o alguien que ha nacido con vulva pero no se identifica como mujer como ser femenino. En principio, una persona transgénero no modifica físicamente su cuerpo (pero sí su manera de vestirlo y de comportarlo), y si decide transformarlo mediante alguna intervención se constituiría como persona transexual. Personas trans existen desde el principio de los tiempos (Giuseppe Campuzano detecta evidencias de que ya se hablaba de esto, en otro lenguaje, antes de la Conquista española del Perú, por ejemplo), pero por diversas razones hoy el tema está mucho más presente que antes. Uno puede no entender el proceso de una persona trans y está en su derecho. Pero ¿por qué muchxs tienen la necesidad de censurar o condenar a quien se comprende a sí mismx como trans? El argumento principal es que “va contra la naturaleza”. Pero, amixneverenemix, ¿por qué posteas ese argumento en el feis? ¿Es que acaso el internet sale de los árboles? Los seres humanos negamos la naturaleza por naturaleza. El paisaje urbano es construido por manos humanas. Si vas a defender así la naturaleza, te pido que demuestras que puedes vivir una semana calatx en la selva y porque eres un ser puramente natural.

¿Por qué nos genera tanta resistencia que alguien se rebele frente a lo que se espera de él, ella, ellx? ¿Por qué nos sentimos con la autoridad de forzar a otras personas hacia lo que consideramos correcto? Una persona trans tiende a representar una irrupción en nuestra imagen del mundo. En este encuentro, tendemos a censurar a esta persona. ¿No será momento de empezar a censurar nuestras imágenes del mundo?

Creo que para analizar ciertos materiales es útil (o necesario) construir un marco conceptual que nos de herramientas para entrar en ellos. Con esto sentado, procederemos (el próximo mes) a hacer un análisis de algunas obras peruanas que se centran en esta discusión (con autores como Giuseppe Campuzano, Mario Vargas Llosa, Gabriel de la Cruz, Daniel Antonio Fernández y lxs hermanxs Black Tam). Son comparativamente pocas las ficciones con personajes trans. Pero, como debatíamos la primera columna, la representación es un proceso indispensable. Y tener más voces más diversas puede ayudarnos a construir un aparato mental más dispuesto a abrazar la abundancia del mundo y dejar de censurarla.

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Bibliografía

BUTLER, J. (2011) Violencia de Estado, guerra, resistencia. Buenos Aires: Katz.

CAMPUZANO, G. (2013) Saturday night thriller. Lima: Estruendomudo.

SANTUC, V. (2015) Antropología existencial. Lima: UARM.

TAYLOR, C. (1993) El multiculturalismo y la política del reconocimiento. México D.F.: FCE.

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Fotografía de portada: Performance de Giuseppe Campuzano.

Autor: Sebastián Eddowes

"El lobby gay"

Una columna que quiere decir algo sobre la representación de género, de la no-heterosexualidad (y quizás de otras minorías) en el teatro peruano y sus alrededores.