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Sobre (un poquito de) Un monstruo bajo mi cama O sobre qué implica salir del closet

Esta columna adapta un pedacito de mi ponencia
“The coming out genre in the Peruvian theater: the experience of assuming the divergence”.
La leo por el Midwest gringo, compartiendo un poco de la maravilla de nuestro teatro.
Para llenar todo de maravillosa mariconada sudaca.

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La homosexualidad la inventamos en el siglo XIX.

  • ¿KHA?
  • ZHI.
  • ¡HIDEOLOJIA DE JENERO!
  • ÑO.

Antes ya hacían todo (cachete con cachete, ombligo con ombligo y todo lo demás). Pero encamarte con alguien de tu mismo sexo no te hacía homosexual: te hacía incurrir en prácticas homosexuales. No es lo mismo: una cosa es “ser homosexual” y otra “tener prácticas homosexuales”. Puede que además tuvieras prácticas heterosexuales. O no. Lo importante: lo que haces en tu cama determina tu identidad y quién eres.

(1) Afiche publicitario de Un monstruo bajo mi cama

Afiche publicitario de “Un monstruo bajo mi cama”.

Cuando se inventó era para marginar “invertidos”, que no entraban en el matrimonio tradicional (lo acababan de inventar, de tradicional no tenía un carajo), y ser acusado de omosekzualizmo era ser rechazado (como en el Perú). Era imposible ser homosexual y parte de la sociedad. Antes, podías tener esposa, hijos y practicar tu sodomía los fines de semana sin que nadie joda (era ilegal, pero nadie hacía rollo). Pero en el siglo XIX se inventó el terror a la omosekzualidá.

Esto siguió por un buen rato (en algunos lados no se va). En 1969, Stonewall exigió que no ser heterosexual sea una opción socialmente válida. Antes de Stonewall tiene dos opciones: sentirte asqueroso por distinto, o estar bien, regia, sabiendo que el problema era de los imbéciles que te chotean por cabro. Después de Stonewall aparece una tercera: no ser heterosexual no es causal para que te choteen. Puedes tener una vida “normal” como tus patas héteros, pero haciendo cosas distintas con tu cuerpo. Acá inventamos algo que no existía antes: la “salida del closet”.

¿Qué es? Reconocerse diferente, decírselo a la gente mainstream (generalmente la family) que no es diferente, y pedir que te acepten rarite pero chévere. Es asumir una identidad considerada abyecta por la sociedad, reconocerlo con quien no la comparte y pedir su aceptación en el tejido social.

Acá hay varios chongazazazos. Me interesa unito.

Salir del closet (entendido así) es pedir al otro que te acepte en su club. Pero ¿y si su club es patriarcal, homofóbico, machista, capitalista, colonialista, extractivista, racista, con un congreso Fujimorista y un gobierno que hace agua? No exagero ni mezclo papas con camotes. La etiqueta de homosexual se inventó para separarnos como asquerosos. Millones crecimos sintiendo que nuestra sexualidad es un problema. Entonces, nos apropiamos de un insulto para convertirlo en orgullo por ser diferentes. ¿Realmente queremos ser miembros modelo de la sociedad o queremos transformarla? O, si no es posible, transformar nuestros entornos inmediatos y producir espacios alternativos. Pedir comunidades económica y políticamente alternativas es difícil (e implica reducir nuestra fabulosidad a un ghetto, ¿Es justo para los demás?). Pero podemos producir espacios de afecto alternativo.

(2) Elenco completo de la obra

Elenco completo de la obra.

Podemos negarnos a que la sociedad nos determine. Cuando eres rechazado por las personas y el Estado, te puedes preguntar si el problema está en ti por ser distinto o en el status quo, que tiene obvios problemas (Odebrecht, Fujimorismo, corrupción, caída de PPK, ataques a Siria, etc.). ¿No es nuestra diferencia en la orientación o la identidad una oportunidad para cuestionar la totalidad? Podemos producir espacios de relacionamiento que abracen diferencias infinitas y no las juzguen ni las destruyan. Podemos tender puentes y generar dinámicas justas y felices para todes. No permitir que la miseria nos arruine. Es un trueque pequeño pero enorme: nos permite existir en nuestros términos (tan necesario) y generan un efecto multiplicador. La otra es reproducir violencia, patriarcado, machismo y competencia en nuestras relaciones. Y yo no la hago.

Bravazo, pero tu blog es de teatro, amiga.

Si, bebita, ya sé.

¿Qué haces denseando, estúpida? Aterriza, oe.

Una manera fantástica (y aún poco aprovechada) de producir comunidades es con el teatro. Yuyachkani tiene décadas haciéndolo, y No tengo miedo generó mecanismos para lograrlo con el teatro testimonial. Después de Desde Afuera hicieron Un monstruo bajo mi cama, dirigida por Gabriel de la Cruz, donde un grupo de hombres en sus veintes comparten sus historias sobre salir del closet. No es solo una narración, sino una salida del closet en sí misma. Exponen sus identidades al público como el otro, como la sociedad, y esperan una reacción. En una obra “normal”, el protagonista sale del closet y el público hace barra. Un monstruo bajo mi cama espera que tomes el otro lado y pone en tus manos la respuesta. En cada función el público se pasaba de vueltas y parecía que el Estadio Nacional en partido de Perú. Cada vez que alguien revelaba una verdad que no fuera socialmente aceptada todes gritábamos de emocionades. La mayoría de nosotros no tuvimos una salida del closet feliz así que era catártico. Nuestra diferencia era celebrada y no amenazada. Así que cada función no era solo una “obra”, sino una sesión terapéutica que sanaba las heridas de crecer en una sociedad homofóbica. En el Perú decir estas cosas en público no es un “acto simbólico”, sino una trasgresión tremenda.

(3) Jose Carlos Goytizolo

José Carlos Goytizolo.

La obra tuvo varios performers en sus dos versiones, pero debo enfocarme en dos porque me dan poquitas palabras en esta columna. Primero, José Carlos Goytizolo. Él cuenta que siempre se ha comportado muy “femenino”, y por eso fue insultado, rechazado y excluido. En el colegio era “Goytizola”: podemos ser tan idiotas que feminizar al otro es un insulto. A Goyti le gritaban cabro, él se apropia de eso y no sale del closet como gay, sino como cabro. El cambio es significativo: usa la palabra que lo rechaza para empoderarse. Además, usa pronombres femeninos en espacios privados para neutralizar el insulto. De yapa, chambea como comunicador en un centro cultural, pero no se define así sino como payaso porque eso es lo que ama hacer. En el Perú es jodido vivir chambeando de payaso, que es rechazado como “no productivo”. Así que no sale del closet como gay, sino como un payaso cabro, mandando a la mierda un sistema capitalista y patriarcal. Abraza estas identidades e invita al público a darle la aceptación que no encuentra afuera.

Menciono también a Orlando Sosa, que se identifica como afroperuano, de una población históricamente marginada y usualmente representada con exotismo. Cuenta de una vez en que fue al hospital por un chequeo médico. La doctora le dijo que estaba sano, pero que “por autoestima debería bajar de peso”. Tras esto se enuncia como “gorda”. Según dice, muchas poblaciones son sistemáticamente desexualizadas y se rechaza su acceso y derecho al placer sexual, al afecto en público y al cuidado, sea por raza, edad o tipo de cuerpo. Rechazando la construcción peruana de la masculinidad se nombra “marica”. Orlando no sale del closet como “gay”. Considera que esa palabra es una construcción asimilacionista que defiende una sociedad patriarcal, capitalista y hegemónicamente blanca. Sale como marica gorda afroperuana, y construye orgullo en identidades atacadas, discriminadas o excluidas de una sociedad que no supera su estructura colonial.

Después de Stonewall se trabajó para “naturalizar” la identidad homosexual. Históricamente fue necesario, pero ya toca cuestionarlo. El riesgo, enorme, está en que repliquemos el patriarcado (y pasa harto). Es decir:

  • Que nuestros proyectos de vida estén regidos por forrarnos de plata y no ser felices.
  • Que las parejas tengan asimetrías de poder.
  • Que reproduzcamos la violencia, a la pareja y a le otre distinte.
  • Que discriminemos cuerpas por forma, edad, color, ropa o disidencia.
  • Que consideremos que los sujetos de deseo son “masculinos”, blancos, “bien vestidos”, musculosos, de dinero, exitosas en el sentido tradicional.
  • Que nuestros vínculos se rijan por interés y no afecto.
  • Que nuestros comportamientos se rijan por cánones de masculinidad.
  • Que digamos (o pensemos) cojudeces como “no gordos, no cholos, no pobres”. Sucede. Mucho.
  • Podría seguir, incluir variables ambientalistas y despotricar contra el capitalismo. Pero en concreto: busquemos erradicar la violencia y la discriminación en nuestros vínculos. En todas sus jodidas formas.
(4) Orlando Sosa

Orlando Sosa.

Hablábamos de sexo y te pusiste tirapiedras. KASTAPAZANDO.

Por reconocernos diferentes nos separaron y trataron de “normalizar”. Podemos adecuarnos a la norma, cuestionarla o destruirla, al menos en nuestros espacios. Por pequeños no dejan de ser importantazos. Un monstruo bajo mi cama hace una cosa muy chévere: toma la noción de salir del closet para destrozarla. No dice “mamá, mírame, seré gay pero normal”. Dice “holi, no soy normal y es bravazo”. Además no pide reconocimiento a toda la sociedad. Buscó un público de otres, aquelles que estallamos en aplausos al reconocer nuestra mariconada. En lugar de pedir reintegración a ese sistema que nos separó intenta que nos reconozcamos entre nosotres, les de fuera, para no reproducir las miserias y crear comunidades afectivas. Así, de a poquitos, el teatro empieza a sugerir espacios nuevos de comunidad.

Que estar afuera no sea un sacrificio sino una fiesta, fantástica, como la de Raffaella Carrá.

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Autor: Sebastián Eddowes

"El lobby gay"

Una columna que quiere decir algo sobre la representación de género, de la no-heterosexualidad (y quizás de otras minorías) en el teatro peruano y sus alrededores.