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La contradicción infinita entre lo que somos y lo que queremos ser: Una aproximación al teatro de Jaime Nieto

No creía en el amor.

El sexo era (…) una manera de sobrevivir a la eternidad que significaba

la no libertad, el encierro, el miedo, la muerte.

Jaime Nieto. Vecinos.

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Uno. La vuelta de tuerca.

En las columnas anteriores analizamos el teatro de Gonzalo Rodríguez Risco y el género narrativo de la salida del closet. Así, en sus obras la liberación del estigma exige tres movimientos: reconocerse como divergente; verbalizar esa divergencia con otra persona; y que la otra persona acepte y abrace la divergencia. El personaje hace las paces consigo mismo y con su comunidad, por lo que la divergencia sexogenérica deja de ser un obstáculo. Sin embargo, a veces la reconciliación es imposible porque el colectivo está tan quebrado que no puede transformarse para acoger al miembro que la cuestiona.

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“El Proyecto Laramie”, de Moisés Kaufman. Dirigida por Jaime Nieto en noviembre del 2013 en el ICPNA de Miraflores, y remontada recientemente en el Centro Cultural de la Universidad de Lima.

En 1997, Jaime Nieto estrena una obra que le imprime una torsión al género. Deseos ocultos presenta a Santiago y Marcos, novios de Mariela y Sofía. Todos rodean los treinta, son profesionales exitosos y socialmente percibidxs como atractivxs. Ellas esperan de ellos lo “normal”: casarse y tener hijos. Ellos también, pero son bisexuales y no creen en la monogamia. Esta no es una postura reflexiva y transparente. Su posición es agónica, ya que ven la veintena como espacio de libertad y los treinta como cárcel.

Deseos ocultos no tiene héroes. Sus personajes no pueden hacer lo que se espera de ellos y rebotan en sus soledades, odiándose y necesitándose a la vez. Podrían patear el tablero y tomar otras decisiones pero se mueren de miedo. Se estrellan contra su comunidad y contra sí mismos. Y después de observarlos desgarrarse llegamos al único final posible: los personajes podrán asumir con cierta madurez su bisexualidad y su incapacidad de insertarse en lo que se espera de ellos. Pero no hay abrazos, no hay música de John Williams, ni reconciliación. No se puede. La comunidad se rompe porque no puede recibir la diversidad.

Que necesitemos finales felices no implica que los podamos tener.

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Dos. Sobre el sistema.

Las siguientes obras de Jaime giran sobre un mismo movimiento con diversas variantes (ignorando en ellas lo que no está vinculado a la diversidad sexogenérica). Aunque es limitante leerlas así, esta columna (felizmente) no es infinita. Por ello, planteo un marco de lectura para revisar su trabajo.

Así, planteo que la sociedad peruana (como tantas otras) asume que la vida humana tiene la siguiente estructura:

  • Educación. Si hay privilegios, iremos a la universidad, y si hay muchos tendremos posgrado.
  • Carrera profesional, caracterizada por un progreso constante del ingreso económico.
  • Obtención de una pareja del sexo opuesto. Puntos extra si tiene dinero o es percibida socialmente como atractivx (qué implica esto depende de muchas cosas: juventud, delgadez, sociabilidad y, en muchos casos, color de piel. Puntos extra si es extranjerx: tenemos un país espantosamente feudal y colonial). Con la pareja se establece una relación monógama que durará forever y tendrán…
  • Hijos. Parafraseando mi línea favorita de Puente, de Ximena Basadre, no se les tiene que querer, solo hay que gastar plata en ellos porque cuando envejezcamos nos mantendrán. Son una inversión. Si nos sale filósofo o teatrero, como yo, nos jodimos (toda mi solidaridad con mis papás).
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Bruno Espejo y Yashim Bahamonde en “Ópera”, escrita y dirigida por Jaime Nieto.

En las últimas décadas (gracias al feminismo), empezamos a pensarnos fuera del esquema. Pero flexibilizarlo no significa romperlo. Para bien y para mal, el capitalismo ha absorbido sus contradicciones.

Este proyecto de vida tiene enemigos de los que nos tenemos que cuidar como de Satanás: la homosexualidad; la poligamia; hacer lo que te gusta si no paga bien; enamorarte de alguien de inferior círculo social o que no es percibidx socialmente como atractivx. Y, sin embargo, el capitalismo absorbe sus contradicciones: hoy, en muchas partes del mundo (en el Perú no: vivimos en la Edad Media) puedes ser homosexual mientras tengas plata, seas monógamo y adoptes. El éxito de Modern Family radica en ello: las parejas protagonistas son “trasgresoras”, pero se insertan en el sistema. Esto fue un mérito (que solo existió porque el público podía consumirlo. Repitan conmigo: el capitalismo absorbe sus contradicciones. Repitan conmigo también: esto no siempre es malo), pero creo que tenemos que seguir expandiendo nuestro campo de representación para pensar posibilidades nuevas de vida.

OJO: No critico la monogamia ni la familia, ni una buena chamba con derechos laborales. Una cosa es elegir y otraser rechazadx, agredidx, violadx o asesinadx por salir del esquema.

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Tres. El conflicto infinito de la norma y el deseo.

Muchos personajes de Jaime Nieto tienen una obsesión con el dinero y el estatus social. Por eso, la mayoría tendrá este problema solucionado o lucharán desesperadamente por hacerlo, como en Tinieblas (2001). Si el dinero escasea todo será subordinado para enriquecerse, siendo capaces incluso de enamorarse.

Pero una vez superada esa barrera empiezan las dificultades reales.

Una pareja se ama. O se amó. Pero el hambre que cargan en las tripas no se satisface con la persona que tienen y empieza a devorarlos. Marcos y Santiago, de Deseos ocultos, solo pueden querer si tienen dos parejas y algún amante. En El dolor por tu ausencia (2004), Greg dirá “me encantan los buffets pero tengo que contentarme con un solo plato”. Sigue amando a Mark, pero busca “un aderezo más” y se perderá ebrio por las calles de Nueva York buscando un amante nuevo para esa noche. En Adiós al camino amarillo (1998) un hombre ama a su hermano pero no es correspondido, y esto los hará odiarse hasta matarse. En Ópera (2006), Mark conoce a Michael y ya no podrá seguir siendo el novio de David. Pero el problema de la obra es más brutal: el amor es una obsesión de una sola dirección que no va a encontrarse nunca con nadie. En la brillante Sala de ensayo (2008), todxs buscan amantes pasajeros para soportar a sus parejas. Pero Roberto y Esteban, cuya relación funciona mejor, solo necesitan un tercer hombre, al menos de visita, para entenderse, y buscarán como meter a Francisco en su cama. Ninguna tan tanática como Vecinos (2015): Gabriel y Sandra necesitarán a Andrés entre ellos, sexual y emocionalmente, para destruirse, porque no lo pueden hacer solos.

La mayoría de sus personajes tienen un vacío inmenso que engulle lo que encuentran. Encontrar luz es una excepción.

Adiós al camino amarillo

“Adiós al camino amarillo”, de Jaime Nieto, dirigida por Mario Gaviria.

¿En dónde radica el problema? Las obras de Jaime ofrecen una visión lúgubre de lo que implica ser humano, y no hay rendijas para celebrar las acciones de casi ninguno (aunque en ocasiones visitar el infierno les permitirá luego salvarse, como en El dolor por tu ausencia o Sala de ensayo). Ópera es devastadora: a la desesperación y el vacío se le suma el melodrama, porque ni siquiera en el sufrimiento nos redimimos. Así, uno de los ejes centrales de su teatro está en esta tensión entre el deber ser (es decir, encajar en el esquema planteado) y nuestra humanidad. Pensamos que debemos amar, que el amor nos salva, pero lo que llamamos “amor” es una idea hueca, no una experiencia de vida. Aspiramos a la monogamia como realización personal, pero todos sus personajes la desprecian mientras tratan de vivir en ella. ¿Qué subyace a estos relatos corales de encuentros y desencuentros? En la base hay es una contradicción insalvable entre lo que somos y lo que esperamos ser. Nuestro deseo desborda totalmente el esquema al que nos exigen (y nos exigimos) entrar.

Es ahí donde el teatro de Jaime alcanza su potencia y su discurso como unidad, en la disección salvaje del conflicto entre lo que se espera (y esperamos) de nosotros y lo que podemos ser. Pero no se trata de una imposibilidad subjetiva o particular, sino de un problema ontológico: los seres humanos parecemos ser concebidos rotos. Al reconocerse alguien como no-heterosexual, todo el sistema mencionado entra en cuestión, y ahora puede dudarse de la monogamia, la procreación o el capitalismo. Los esfuerzos más honestos de superarlo desencadenan el desastre, a excepción de Sala de ensayo, su obra más feliz. En ella sus personajes se reconocen rotos, y se abrazan así, sin esperar más de sí mismos. Gabriela puede terminar la obra diciendo “Estoy jugando a ser una actriz que está intentando justificar que no escogió el texto adecuado. Nunca en mi vida he sabido cuál es el texto adecuado. Creo que el que estoy diciendo tampoco lo es. ¡Pero qué mierda!”

A esto se suma otra estrategia: muchas obras de Jaime están ambientadas en ciudades bien mainstream como Chicago o Nueva York. Sin embargo, los personajes hablan un castellano sospechosamente limeño (de argot y acento ligero, pero reconocible). Y allí quizás hay una estrategia retórica: el distanciamiento nos obliga a mirarnos más de cerca. Vemos al otro, sí, pero nos vemos en él. Así, perdidos en grandes museos o salones de ópera seguimos siendo igual de limeños, pero nuestra mirada debe transformarse. O también podemos reconocernos en ese hombre que se lanza a las vías del tren con una torta en las manos en una ciudad lejana. Quizás las fracturas de nuestra humanidad son más grandes que nuestra ciudad, y ni la belleza de grandes monumentos europeos ni las arias más perfectas nos pueden redimir.

Los judíos dijeron que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza. Si esto es verdad, quizás el que nos hizo está tan roto como nosotros.

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Autor: Sebastián Eddowes

"El lobby gay"

Una columna que quiere decir algo sobre la representación de género, de la no-heterosexualidad (y quizás de otras minorías) en el teatro peruano y sus alrededores.