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Hacia una ética del cuidado en el teatro

Es muy difícil no haber sentido ganas de reaccionar a favor o en contra de las declaraciones de Mario Vargas Llosa sobre el feminismo como el gran peligro para la literatura y la cultura. Más allá de las idas y venidas en torno al tema, el fondo del asunto es la antigua discusión de si se puede (debe, es deseable o incluso posible) separar al artista de su obra y admirar obras que celebran y ponen en valor relaciones, conductas y dinámicas que consideramos despreciables. Hasta este punto la discusión parece tener poco que ver con el teatro en el Perú. Sin embargo, al ir siguiendo algunos comentarios en torno a este tema, no podía dejar de pensar en si venimos realmente prestando atención a la manera como las relaciones de género y las inequidades de género se vienen manifestando en los procesos creativos de las artes escénicas.

(1) Version virtual del articulo Nuevas Inquisiones, de Mario Vargas Llosa, publicado en El Pais

Versión virtual del artículo “Nuevas inquisiones”, de Mario Vargas Llosa, publicado en El País.

En realidad, el teatro, como cualquier otra manifestación de lo social, no tendría por qué estar exento de relaciones profundamente patriarcales y desiguales. Yo trabajo como profesora de psicología en una universidad que tiene políticas concretas para combatir la inequidad de género y la discriminación en la cual, sin embargo, hasta el día de hoy, no ha habido una sola mujer en el cargo de rectora; pese a que esa universidad tiene una comisión contra el hostigamiento y acoso sexual; pese a tiene una maestría en estudios de género y una reforma trans orientada a los derechos de personas transexuales; pese a que tiene a grandes investigadoras, y una política para reducir la brecha de género entre sus docentes, seguimos sin lograr tener una rectora mujer. No tendríamos por qué esperar que las cosas en el teatro fueran diferentes.

Y si damos una mirada rápida a lo más visible del teatro, a nuestra cartelera, veremos que es difícil no sostener que este es el caso. Nada más agarremos un cuaderno y anotemos: Cuántas obras se estrenan por año escritas por mujeres, cuántas de esas obras son además protagonizadas por mujeres, y en cuántas de esas obras las mujeres accionan, ejecutan, realizan, tienen agencia y actúan sobre su propia realidad. Pero abramos un poco más y pensemos no solamente en obras escritas por peruanos y peruanas sino en las obras que los peruanos y peruanas elegimos hacer, y hagamos las mismas preguntas. Añadamos además cuántas de esas obras son dirigidas por mujeres, es decir, en cuántas obras de teatro hay el equivalente a una mujer rectora en una universidad. Podríamos decir que el teatro está representando una realidad desigual entre varones y mujeres y, efectivamente, en términos de género ese es el caso; pero el arte en sentido estricto no tendría por qué limitar su rol a representar y reproducir. En realidad, el arte es un canal para construir realidad, para crear aquellas realidades que imaginamos posibles, que queremos imaginar posibles. Ahora bien, dicha representación de una realidad desigual no se limita a lo escénico, a las historias que decidimos contar, sino además a quienes coordinan el que se cuenten.

A este nivel, sin embargo, el teatro se encuentra en una situación muy similar a otros muchos dominios y ámbitos de sociedades patriarcales y desiguales como la peruana. Lo mismo sucede en las ciencias, en otras formas de arte, en el mundo empresarial, en el ejercicio del poder y, por supuesto, al cruzar la puerta de las casas.

Pero creo que lo que puede resultar, en realidad, más complicado de visibilizar, más difícil de pensar y más duro de encarar es eso que no se ve claramente con estadísticas. Eso que es más implícito, más naturalizado y más difícil de verbalizar.

En estos días, al escuchar las controversiales afirmaciones de Vargas Llosa, al ver a tantos y tantas buenas personas, gente inteligente y sensible, decir que “digan lo que digan Woody Allen es brillante” y que “digan lo que digan, Bertolucci no puede ser juzgado por la manera como dirigió la escena en la que le dijo a Marlon Brandon que abuse de la actriz con la que trabajaba, sino por sus productos geniales”; no podía dejar de pensar en el caso Castrillón. En la pesadilla que tantas amigas queridas, actrices, bailarinas y performers vivieron y continúan enfrentando en su lucha por encontrar justicia. Y me preguntaba cuánto de esa ética que nos lleva a sacralizar el ensayo y la función al punto de que los actores y actrices sean una suerte de instrumentos o canales de los dioses del teatro, que tienen que estar dispuestos a todo, no es en realidad cómplice de un sistema de dominación más amplio.

(2) Conversatorio El machismo en los espacios de creacion escenica

Conversatorio: “El machismo en los espacios de creación escénica”.

Hace unos meses, en el contexto de las denuncias de violencia sexual contra Guillermo Castrillón, el colectivo Trenzar me invitó a un conversatorio a hablar un poco sobre este tema; sobre cómo podía yo, desde la psicología y desde el ser teatrista, aportar a pensar cómo construir espacios que sean seguros al ensayar, al crear, al trabajar. Fue un encuentro muy bonito con diversos compañeros y compañeras de diferentes colectivos, que nos conectó mucho, pese a que los ánimos estaban muy intensos y las heridas muy abiertas. En esa ocasión conversamos y compartimos con mucha sinceridad la enorme cantidad de zonas grises en nuestro trabajo; la culpa que genera decir “no quiero” o “no puedo”; lo difícil que es saber si eso que te están proponiendo hacer es algo que debieras hacer. Compartimos también la preocupación por la cantidad de límites que son cruzados permanentemente por directores, docentes y compañeros y la rabia que da que eso suceda.

Y no tenemos que ir tan lejos como al caso Castrillón para pensar en zonas que nos resultan difíciles de delimitar. Son generalmente situaciones comunes. No demasiado extrañas para cualquier teatrista. Por ejemplo, el tener un compañero o compañera que invade tu cuerpo en escena más de lo que tú sientes que debería hacer. O tener un director o directora que tiene la expectativa de que a menos que te esté dando un infarto en escena, en ese momento mismo, no te detengas. O tener una cultura teatral que privilegia, refuerza y aplaude el sacrificio de la actriz que continuó dando función con la cadera rota, o el del actor que sangró en escena por un golpe e hizo la mejor función de su vida.

Nuestros procesos están plagados de situaciones como estas: Por ejemplo, una exploración física muy intensa. El director o directora te dice que cierres los ojos y que gires. Los cierras. Te preocupa, son bastantes actores y actrices en un espacio pequeño. Pero confías y los cierras. Y otro actor se choca tan fuertemente contigo que crees que te ha roto la nariz. ¿Qué haces? ¿Abres los ojos? ¿Sigues girando? ¿Vas a echarte agua a la nariz? Qué pasa si el director o directora te dice que no vayas, que estás interrumpiendo el trabajo del resto del elenco al irte, o si no te lo dice pero te mira con reprobación, ¿te quedas? ¿Logras conectar con tu molestia?, ¿con tu legítimo derecho a molestarte por que no te han cuidado bien? ¿Qué es lo “correcto” en esa situación? O pensando en otro tipo de ensayo. Terminas una escena muy intensa. Entregaste tu alma en la pasada. Lloras sin poder detenerte. El director o la directora se pone de pie y empieza a dar indicaciones. Tú sigues en el piso, no puedes parar de llorar. El director corrige cuestiones técnicas, tuyas o de tus compañeros de escena. Todos asienten, comentan. Tú necesitas un tiempo para cerrar, para contener, para salir del todo, pero no es una función y se espera que puedas rápidamente recomponerte y que puedas rápidamente recibir y procesar críticas. Y por eso el director continúa, es lo que tú misma crees que tiene que hacer. ¿Y qué tienes que hacer tú? ¿Qué es lo “correcto”? ¿Te levantas y vas al baño a lavarte la cara? ¿Pides unos minutos? ¿Te disculpas por tu incapacidad de cerrar? ¿Por tu desborde? ¿Logras conectar con el hecho de que nadie le está prestando realmente atención a tu dolor? ¿Te quejas de eso? ¿Qué deberías hacer?

Me cuesta mucho trabajo imaginar la existencia de un sujeto como Castrillón sin el contexto de una cultura teatral que no fomenta que sus actrices y actores se sientan con derecho a poner límites más claros.  Ojo que no estoy diciendo que las actrices y actores no sean capaces de poner límites, sino a que el sistema refuerza que es mejor no hacerlo amparado en la idea de que primero está el teatro y luego el actor o la actriz. Puedo decirlo con conocimiento de causa, he estado en dos talleres con Castrillón y he sentido incomodidades que no he sabido bien dónde colocar, como casi todas las mujeres que pasamos por su formación. Y me he preguntado a qué se debían y he buscado la respuesta en mí, en algo que seguramente yo no estaba mirando, haciendo o entendiendo bien. He tenido suerte. Más suerte que algunas compañeras. Nada más.

(3) In a different voice de Carol Gilligan

“In a different voice” de Carol Gilligan.

Por supuesto él constituye un caso extremo, pero lamentablemente no es el único. Lamentablemente, hay mucho más ambiguo, gris, no dicho, mucha más incomodidad no expresada de la que nos atrevemos a enunciar. El teatro es un espacio de enorme vulnerabilidad. La relación con un director es, como toda relación de poder, compleja e intensa, pero la materia prima en el teatro es lo más valioso, lo más delicado, lo más vulnerable y lo más manipulable que tenemos: nosotros mismos. Y eso debiera llevarnos a pensar en cómo construir espacios que sean realmente seguros para todos y todas.

Carol Gilligan, en su libro “In a different voice” (1993), un estudio desde psicología del desarrollo que terminó siendo uno de los pioneros del feminismo, al revisar cómo el desarrollo humano se “veía” y “sentía” desde la feminidad, señala que las mujeres en sociedades patriarcales como la nuestra tendemos a tener dificultades no solamente para hacer oír nuestra voz sino para oírla nosotras mismas; para atenderla, para confiar en ella, para darle la cabida necesaria que tiene que tener. Y hace referencia al valor de una “ética del cuidado” una ética más femenina (sin por ello ser solo de mujeres, evidentemente) orientada no hacia el logro, el éxito, el producto (el obrón, el estreno, la taquilla, la carrera), sino hacia el valor de cuidarnos unos a otros y otras en el proceso de conseguir aquello que soñamos y que queremos. Me encantaría que nuestro querido teatro tuviera más de eso.

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Referencias:

  • Gilligan, C. (1993). In a different voice. Pshychological theory and women´s development. Harvard University Press, Cambridge.

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Portada: “El gran masturbador” de Salvador Dalí.

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Autor: Nani Pease

"Actores sociales"

Esta columna es un espacio para pensar y problematizar lo teatral dentro y fuera de los espacios tradicionalmente considerados teatrales; pensar el rol de lo escénico en lo político y en distintas luchas como el género y los Derechos Humanos. Me interesa particularmente la relación de lo teatral con temas de memoria, género y ciudadanía y su rol en la construcción de un nosotros y en la visibilización de la alteridad.