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Empezando

Qué contexto éste para empezar a escribir una columna, y para hacerla aspirando a problematizar, a elaborar, a darle mente, a la relación entre lo escénico y lo político. Justo ahora en que nuestro país ha desdibujado nuevamente su rostro. En que los peruanos hemos sido traicionados por un presidente cobarde que prometió no indultar al asesino de niños y estudiantes Fujimori y, sin embargo, lo hizo; a cambio de su permanencia en un poder que se tornó totalmente ilegítimo.

(1) Presidente de lujo

Presidente de lujo. Fotografía: https://www.facebook.com/Presidente-de-lujo.

Justo ahora, en que prácticamente toda nuestra clase política –salvo contadas excepciones– tiene las manos manchadas de Odebrecht. Y todo ello acompañado de la dolorosa, continua y casi naturalizada situación de impunidad para la permanente y cotidiana violencia sexual hacia bebés de meses, hacia niñas de siete años, hacia 7 de 10 mujeres, hacia actrices y performers que confiaron en su director teatral; hacia todas. Todas. El reino de la impunidad en su esplendor.

“Cómo hablar del no-yo sin dar un gritito” decía Vallejo, en mi favorito de sus poemas (“Un hombre pasa con un pan al hombro“), luego de haber dicho versos antes, “un banquero falsea su balance, con qué cara llorar en el teatro”.

Con qué cara llorar en el teatro. Ese poema siempre me ha dejado sintiendo la necesidad de estar en silencio por largo rato. Hacemos teatro, arte en general en el Perú, con tanta precariedad que seguir tercamente en el intento de hacerlo pareciera ser, en sí mismo, un acto “revolucionario” o “contra-sistema”. Y sí, en cierto modo lo es, porque hay que estar un poco fuera del sistema de acumulación y eficiencia capitalista para aspirar a detenerse a representar mediante un arte que ya sabemos nunca será masivo y del que –también sabemos– difícilmente lograremos vivir. Pero encima de eso, sentir –como siempre me deja sintiendo ese poema– que el teatro (que cierto tipo de teatro más bien, al que aludía Vallejo) pareciera no tener impacto alguno sobre los grandes temas y procesos sociales, me deja siempre preguntándome si vale la pena el esfuerzo.

Sé que lo que acabo de decir suena profundamente setentero y zurdo. Y sí pues, lo es. Pero está dicho desde el lugar opuesto al desencanto de Vallejo.

(2) Intervencion artistica de Yuyachkani durante la marcha contra el indulto realizada el 28 de diciembre del 2017. Fotografia Musuk Nolte

Intervención artística de Yuyachkani durante la marcha contra el indulto realizada el 28 de diciembre del 2017. Fotografía: Musuk Nolte.

Me gustaría preguntarme eso en esta columna. Elaborar sobre la potencial, emergente, señalable, celebrable capacidad de nuestro teatro para ayudarnos a dar un grito. Para no sentir esa contradicción vallejiana entre el arte y la realidad. Me gustaría ir compartiendo en esta columna lo que podemos ir pensando, problematizando en torno a lo político y la política en acciones escénicas, en calles, marchas, parques, escuelas y claro, también en teatros.

Anne Bogart (2008) dice que si el teatro fuera un verbo, éste sería recordar. Estoy totalmente de acuerdo con esa idea. Pero añadiría que es “recordar” en el nuevo sentido que la ciencia cognitiva moderna asigna a la memoria. Es recordar, no en el sentido de recuperar información de un almacén –como tradicionalmente se entendía a la memoria– sino en su visión constructivista: como el activo esfuerzo por elaborar un sentido en torno a nuestra experiencia. Recordar en tanto entender el sentido. Entender representando, para de este modo existir como colectividad. Duvignaud (1970) planteaba que la representación es el mecanismo por el cual nuestra experiencia logra enraizarse en nosotros. Es decir, que solo al representarla en forma de espectáculo, nuestra experiencia es admitida como emoción. Más aun, Duvignaud plantea que el ser, para existir realmente necesita representarse; representar los roles conferidos socialmente. La representación pues, en cierto modo, funda la sociedad. Hacer-nos públicos ante otras y otros funda el nosotras y nosotros. Si seguimos a uno de los papás de los estudios de identidad, a Lévi-Strauss (1977), tenemos que la identidad colectiva existe en tanto hay una otra o un otro ante el cual construirse, autodefinirse, delimitarse. En sentido estricto pues, una colectividad que no tiene una otra o un otro ante el cual autodefinirse no tiene identidad, en tanto no le resulta necesario construirse. Representamos para entendernos y para entender a los miles de otras y otros que nos rodean. Nos construimos ante los demás mediante la representación para entender en el camino de qué estamos hechos. Y lo hacemos más en tiempos en que todo está movido, enredado, en que la realidad duele o no se termina de entender, en que la vida no se hace vivible.

(3) Presidente de lujo

Presidente de lujo. Fotografía: https://www.facebook.com/Presidente-de-lujo.

Por eso lavamos la bandera contra la dictadura –una y otra vez– en las protestas contra la dictadura fijimontesinista. Por eso fuimos con mis amigas y amigos a barrer el Congreso de la República, guardando absoluto silencio y con carteles pegados en el cuerpo que decían “venimos a limpiar las cochinadas de nuestro Congreso”, cuando en los años noventa el Fujimorismo con toda impunidad se bajó el Tribunal Constitucional. Por eso desde el indulto, un grupo de artistas interviene basureros poniéndoles bandas presidenciales que dicen “Presidente de lujo”, parodiando la manera como se refería tanta gente a PPK. Por eso mis amigas feministas intervienen hermosamente el poder judicial –una y otra y otra y otra vez–, con carteles que dicen que nos están matando o que el Perú es un país de violadores. Por eso, hace unas semanas, unos veinte hombres y mujeres tomaron las gradas del Poder Judicial, representando las agresiones que sufrió Arlette Contreras: hombres jaloneaban a las mujeres de los cabellos, las arrastraban por el suelo y las golpeaban; mientras otros compañeros y compañeras escribían con tiza en la vereda frases alusivas al nivel de indignación que sentimos ante la aberrante decisión de dejar libre al agresor de Arlette. Y también por eso Yuyachkani hace el obrón “Discurso de Promoción” dentro de un teatro y saliéndose del teatro.

Creo, o quiero creer, que nuestras representaciones –dentro y fuera del teatro– vienen ayudándonos a hacer visible lo que necesitamos procesar o recordar; porque lo necesitamos para empezar a darle un sentido a la dolorosa, hiriente y cambiante realidad que estamos enfrentando en el Perú. Creo que estas son formas, esfuerzos que nos ayudan a generar el grito que necesitamos dar al hablar del no-yo. Ojalá podamos encontrarnos acá para pensar en eso juntos.

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Referencias

  • Bogart, Anne (2008). La preparación del director. Siete ensayos sobre teatro y arte. Editorial Alba, Barcelona.
  • Duvignaud, Jean (1970). Introducción a la Sociología. Editorial Tiempo Nuevo. Caracas, Venezuela.
  • Lévi-Strauss, Claude (1977). La identidad. Seminario Interdisciplinario. Gasset, París.

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Fotografía de portada: Karen Bernedo “Flashmob”.

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Autor: Nani Pease

"Actores sociales"

Esta columna es un espacio para pensar y problematizar lo teatral dentro y fuera de los espacios tradicionalmente considerados teatrales; pensar el rol de lo escénico en lo político y en distintas luchas como el género y los Derechos Humanos. Me interesa particularmente la relación de lo teatral con temas de memoria, género y ciudadanía y su rol en la construcción de un nosotros y en la visibilización de la alteridad.