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Cuando nos sobrepasa

Estas semanas han sido muy duras para el Perú: hemos cambiado de presidente; se ha evidenciado la corrupción en todo el aparato del Estado; han aparecido nuevas denuncias y contradenuncias sobre violencia de género que han enardecido a todos y a todas; y hace unos días una mujer fue quemada en un bus en movimiento.

Confieso que me he sentido sobrepasada por esta realidad, totalmente incapaz de pensar en nada que esté fuera de ella.

Al mismo tiempo mi propio colectivo teatral ha estado en una disyuntiva, en idas y en vueltas sobre el proyecto principal que teníamos planeado para este año. Aquí también la realidad nos sobrepasó.

Teníamos planeado hacer una obra, una creación colectiva, sobre memoria colectiva centrada en el proceso de construcción/transmisión/no-transmisión de la memoria respecto a la dictadura Fujimorista. Queríamos acercarnos al teatro documental; llenarlo de ironía, de música que fuera de la tecnocumbia al punk; teníamos sala de ensayos, un elencazo, sala separada, productora; el director tenía un plan de ensayos y yo, que esta vez actuaría y colaboraría en la dramaturgia, tenía el corazón repleto de expectativas. Pero luego, con el indulto a Fujimori y la toma de calles y la resistencia y la segunda vacancia y los videos de Kenyi y la ruptura con Keiko -como telón de fondo al drama que vivía nuestro país- mi propio colectivo teatral vivía su propio drama. ¿Y ahora? ¿Por dónde empezamos? ¿Cómo así esta historia de violencia, de prepotencia, de horror, de saqueo del país, de violaciones de Derechos Humanos que representaba el Fujimorismo y que queríamos representar dejó de ser historia, se actualizó, nos golpeó en la cara como presente actuando y actuante?

(1) Elenco de septimo cielo

Elenco de “Séptimo Cielo”.

Elizabeth Jelin (2002), investigadora de temas de memoria colectiva, propone que en toda situación posconflicto (tras una guerra, tras una dictadura, por ejemplo) se desarrollan múltiples batallas por la memoria, es decir, luchas entre actores sociales y entre grupos que pugnan por imponer formas de recuerdo y de olvido.

En nuestro país veíamos imponiéndose una memoria “salvadora” respecto al Fujimorismo, donde Fujimori era el gran salvador que liberó al Perú del Conflicto Armado Interno y de la crisis económica. Ambos constituyen -por supuesto- mitos fabricados y fácilmente rebatibles. En ese contexto, creíamos que el teatro, con su enorme capacidad de construir memoria, con ese potencial para visibilizar lo que todavía no estamos listos para mirar ni procesar, podría generar un lugar de memoria que sume a esas batallas.

Jerome Bruner (2008), uno de los grandes de la psicología cultural, plantea que las sociedades construyen narrativas para poder lidiar con aquello que no logran conciliar, con aquello que no logran hacer encajar en la visión compartida de lo ordinario, que es como él denomina a la cultura. La visión compartida de lo ordinario es psicológicamente gratificante, en tanto satisface la necesidad humana de intersubjetividad, la dependencia del nos-otros. Sin embargo, toda sociedad proporciona a sus miembros medios para tolerar y entender desviaciones o diferencias de lo que se considera común para el grupo. Las narrativas son formas que nos permiten identificar y visibilizar lo inesperado y que nos resultan manejables, tolerables a nivel cognitivo.

Creo que si hay un poder en el teatro, está en construir este tipo de narrativas. Lo reconocemos rápidamente. Cuando vi “Séptimo Cielo” de Caryl Churchill en el teatro Larco, dirigida hermosamente por Alberto Ísola en la década de los noventa -una obra que ponía en agenda la diversidad sexual, la multiplicidad de identidades y la vivencia plena de la sexualidad como una conquista que emprender, como una meta celebrable-, entendí que estaba ante algo que nos era aún inesperado. Algo de lo cual Lima -tan o más conservadora que hoy- aún no podía hablar. Pero la existencia de esa narrativa implicaba que ya podíamos empezar a pensarlo. Ya estábamos en capacidad de darle mente, de recordarnos a nosotros mismos que a ese tema había que ofrecerle un lugar. “Sin título”, la magistral obra de Yuyachkani hizo algo similar respecto al Conflicto Armado Interno en el Perú, cuando recién la pusieron en escena: hacernos visible lo que aún no podemos tolerar, hacernos mirable lo que sale de lo ordinario.

Aspirábamos, humildemente, a algo similar con nuestra obra: a hacer mirable una visión del Fujimorismo que nos evidenciara qué estamos eligiendo recordar y qué olvidar.

¿Cómo hacerlo, sin embargo, con una realidad que dejó de ser fuente de memoria para convertirse en presente? ¿Cómo hablar de la transmisión intergeneracional de memoria colectiva cuando ya no podíamos distinguir un claro límite entre lo que había pasado y lo que estaba pasando? Entramos en pugnas internas, cada uno consigo mismo, más que entre nosotros. Nos invadió y sobrecogió la constatación de que no podíamos, no en este momento, no para setiembre como lo teníamos programado. No así. Decidimos asumir que la realidad nos había sobrepasado, que no estábamos en capacidad -por ahora- de mirarla; necesitábamos estar seguros de no servir al propósito contrario al que engendró esa obra. Necesitábamos algo, un poquito, de distancia. Y dejamos ir. Y fue triste, pero a la vez fue un alivio.

(2) Sin titulo tecnica mixta. Fotografia Musuk Nolte

“Sin título Técnica mixta”. Fotografía: Musuk Nolte.

Me he quedado pensando mucho en esa decisión. No en la decisión como tal, que considero correcta; sino en el proceso de esa decisión, en su urgencia, en su contenido. Nosotros necesitábamos saber a quién, en última instancia, servíamos con nuestro trabajo sobre el escenario. No me refiero al propósito general del hacer teatro, a la finalidad del teatro como tal; sino al propósito de aquella obra concreta particular, que estamos haciendo hoy, de la que tenemos ensayo mañana. Me quedó clarísimo que para mi colectivo esa pregunta es esencial, es parte de nuestra identidad, de lo que nos une al hacer teatro. Y creo que todo el proceso que hemos vivido enfrentando esa pregunta para esta obra nos ha hecho más fuertes, mejores creadores y más unidos.

Me pregunto también si realmente me he hecho siempre esa pregunta. Me pregunto si nos la hacemos frecuentemente. He actuado en obras de todo tipo, donde he sido a veces un eslabón en una larga cadena de elecciones, intenciones y decisiones de las que yo no formé parte. He actuado en obras que me parecían -a cierto nivel- perversas o cuestionables, o que parecían más bien inocuas y no terminaba de entender del todo si realmente eran urgentes. Creo que es algo que suele pasar. Pero, de hecho, no me ha vuelto a pasar desde que soy parte de un colectivo, y creo que eso es en gran medida lo que torna el trabajar desde mi grupo en algo adictivo para mí: el que todo empiece y termine en esa pregunta.

Curiosamente el Perú parece no dejarnos tranquilos. Luego del duelo de posponer ese proyecto, empezamos a mirarnos, a pensarnos y a decidir qué queríamos decir y cómo queríamos decirlo. Elegimos hacer un proyecto que tenga que ver con género, con roles, con feminidad, uno del cual no puedo decir nada más porque está en curso. Pero en su curso, la realidad volvió a salirse de control en torno a ese tema. La intensidad de las denuncias, de los casos, de las agresiones al feminismo y a las feministas, la polaridad irradiándolo todo y el intento de quemar a una mujer en un bus hace unos días.

Entiendo. Soy consciente. No es que la realidad peruana gire ni por asomo en torno a mí y a mi colectivo teatral, pero en este punto resulta ya casi una broma de los dioses del teatro. Ahora, esta vez nos agarró más fuertes. Nos dimos cuenta de que ese tema aún lo podemos mirar y enfrentar. Aún es posible hacerlo mirable en escena, aún podemos darle mente.

Tal vez siempre elegiremos desde nuestras urgencias. Tal vez nuestras urgencias son tan grandes que nos ganan y nos recuerdan que no tenemos mucho tiempo para hacer algo con ellas. Que mañana la realidad puede cambiar, que podemos ser quemados en un bus.

Cuesta tanto hacer teatro, a tantos niveles. Duele tanto. Genera tanta euforia y tanto cansancio. Se invierte tanto tiempo y recursos y amor en el día a día al hacerlo, que me repito en todo caso a mí misma: para qué hacer algo que no nos sea urgente.

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Referencias:

  • Bruner, J. (2008). Culture and the Mind: their Fruitful Incommensurability. ETHOS, 36, 1, pp. 29-45.
  • Jelin, E. (2002). Los trabajos de la memoria. Siglo XXI de España Editores, Madrid.

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Autor: Nani Pease

"Actores sociales"

Esta columna es un espacio para pensar y problematizar lo teatral dentro y fuera de los espacios tradicionalmente considerados teatrales; pensar el rol de lo escénico en lo político y en distintas luchas como el género y los Derechos Humanos. Me interesa particularmente la relación de lo teatral con temas de memoria, género y ciudadanía y su rol en la construcción de un nosotros y en la visibilización de la alteridad.