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  • El campo minado de los anhelos (NUEVO)

    Estoy tarde. Tengo que preparar mi columna 24 para este portal. Dos años de feliz colaboración. Dos años haciendo el ejercicio de pensarme como creador escénico y de pensar los teatros que veo. Decir que no es fácil siempre será una redundancia. No lo diré. Estoy tarde y debo terminar. ¿Por dónde empiezo? Quiero hacer una breve línea de tiempo sobre el teatro peruano. Pero, ¿Por dónde empiezo? Si voy al pasado debo comenzar por el hoy. Todo antes tiene su entonces, escuché alguna vez. Entonces les cuento. Regreso de ver “El tiempo de los anhelos” en el Teatro El Olivar. Una libérrima versión del cuento “Casa Tomada” de Julio Cortázar bajo la dirección de Carlos Tolentino y la dirección adjunta de Norma Berrade. Gente que amo. Una delicia escénica que, contrariamente a la definición etimológica de anhelo, te regala aire fresco. Es que no es usual ver un trabajo de tan fina construcción en donde la palabra queda relegada al mundo de lo ambiguo. Poco usual, además, que podamos gozar de cuerpos que apuestan por la belleza de la poesía escénica sin ser estereotipos o coros solemnes que solo apelan a la forma. Lo que se cuenta es tan simple que viajar se hace más simple porque no cargas con equipaje innecesario. Eres tú y la experiencia misma. Eres tú y lo que elijas como aventura. Eres tú y alguien más. Siempre hay alguien más. Y de eso se trata el recorrido de hoy. Un capricho que quizá nos ayude a comprender un poquito mejor dónde estamos y hacia dónde vamos. Preguntas tópicas. Sin embargo, cruciales para el ejercicio de memoria que tanto reclamamos.

  • El fracaso también puede ser arte

    En la última conversación sobre dramaturgia universal que organiza el programa Sala de parto nos tocó hablar sobre la obra Final de partida de Samuel Beckett. Soy el flamante moderador de este ciclo y, por lo tanto, me toca estudiar el doble. Mientras le daba una revisada a la última etapa del escritor irlandés y me dejaba fascinar por esa economía irrestricta de la palabra que lo acompañó hasta el final, era inevitable que me topara con una de sus frases más celebradas: “Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”. Fragmento harto conocido del texto Rumbo a peor publicado en 1983, seis años antes de su muerte y catorce después de haber ganado el premio Nobel de Literatura. Usado a menudo como discurso inspiracional para emprendedores que creen que es necesario fracasar para alcanzar el éxito. Nada más alejado de la realidad si se le pone en contexto. Esta es una de las tantas construcciones que muestran el pesimismo del autor envuelto en un saludable sarcasmo. Se trata de fracasar sin pudor. Siempre se puede fracasar más y más y más. Aquí el éxito, como lo entienden los mercachifles de la autoayuda, no cabe. Ni como devenir, ni como rebote. Simplemente no cabe. La poética beckettiana del fracaso, según la filóloga Amelia Gamoneda, “es el gesto impotente de la escritura, un gesto que señala melancólica e incansablemente al vacío y al silencio, pues son estos los únicos lugares capaces de conjurar su anunciado fracaso”.

  • Caiga quien caiga

    Cada cierto tiempo vuelvo a revisar algunos libros, revistas, artículos o simplemente frases que me acompañan a lo largo de estas dos décadas en el teatro. Tengo en mis manos la segunda edición de la Revista “Textos de Teatro Peruano” del año 1994. Hay un capítulo con aires de ciencia ficción que invita a distintos teatristas a imaginar cómo sería el teatro en el cambio de siglo. Las respuestas son tan mágicas como dolorosas. En el colofón del panorama fantástico que le corresponde a Miguel Rubio dice: “De lo único que estoy seguro es que la creación colectiva y el teatro de grupo serán el último grito de la moda”. Está claro. Tal certeza se acerca más a una pasarela de diseñadores vintage y modelitos pin-up. Cada uno tiene derecho a soñar con esperanza el mundo que le da de comer. Yo hubiese sido menos optimista. Lo cierto es que, en estos primeros dieciocho años del siglo XXI, la tendencia es la individualización del proceso creativo y la grupalidad se convierte en un terreno ambiguo de habitantes que van y vienen según convenga. Sin embargo, creo firmemente en la función social (y transformadora) del teatro. Función que, para operar, requiere no solo del espectador y el actor como premisa básica, sino de un hacer concatenado de saberes que dialogan de forma interactiva. Nunca lineal como versa la tradicional teoría de la comunicación unidireccional. En este sentido, el teatro es convivio. Y en el Perú, su función social, es la memoria. Por lo tanto, nuestros teatros son reservas colectivas para producir conocimiento. Pese al sistemático embrutecimiento al que la sociedad actual está sumida, los creadores tenemos un rol fundamental en la escuela no áulica del trueque y del arte-sano. Esta forma se remonta al mundo pre-hispánico y mucho antes. Somos gregarios por naturaleza. Somos acción por naturaleza. Somos imaginativos por naturaleza. El teatro es el espacio de las artes escénicas donde la ficción revela la verdad, que no necesariamente es la realidad, escribió el arqueólogo Luis Guillermo Lumbreras. Esta verdad única es la verdad de los pueblos y de sus costumbres. La que se transmite y se evoca a través del tiempo en fiestas/celebraciones que se articulan desde el rito colectivo. O sea, el teatro en su estado más puro y singular. Y si el teatro es un fenómeno convivial, ¿Dónde están los grupos?

  • Más allá de lo evidente

    Mi columna anterior generó un interesante diálogo gracias a que Sergio Velarde en su blog Oficio Crítico tomó como punto de partida algunas reflexiones para hablar sobre los peligros del (micro)teatro y su entorno ferial en su comentario sobre DaDa Teatro ¿Preguntas sin respuestas?. Quisiera profundizar un poco más. El peligro no está en hacer teatro para empresas culturales. Tampoco tiene nada de malo entretener. Nada. Sin embargo, los estándares de calidad artística no van al mismo ritmo de sus intereses. Por el contrario, estamos normalizando conductas que no son (realmente) plurales y que parecen responder a oligopolios cada vez más entrampados. Es posible que, por primera vez, el teatro peruano requiera definirse en otros -y bien delimitados- márgenes. Quizá lo que durante años llamamos teatro independiente (extrapolando torpemente el concepto argentino) recién empiece a cobrar sentido. Estas paradojas éticas que tanta polémica desatan, y que son propias de este tiempo, no son más que el síntoma de que algo debe empezar a cambiar o que, de lo contrario, seremos arrinconados hasta morir de inanición. Porque clarito debe quedarnos que poco importa quién se muera en el camino.

  • De modas y otros trueques

    En mi columna anterior escribí lo siguiente: “Hay una importante élite teatral que ha encontrado en esta plataforma de economías emergentes un refugio que “marca tendencia”. Esto quiere decir que si este sistema propone que tal temática o tal estética es la que nos representa, sin duda los demás intentaremos alinearnos porque eso dice el mercado y sus mercaderes”. Varios colegas me pidieron que desarrolle el tema. Así lo haré. Y para hacerlo más dinámico busqué un par de ejemplos.

  • ¿Y si volvemos a empezar?

    No sé por dónde empezar. Llegó el 2018 y sigo pasmado. Han pasado tantas cosas en tan poco tiempo que es difícil enfocarse. Sin embargo, el ejercicio de lo inestable nos prepara, en cierta medida, para estos avatares. Mucho más si hablamos de teatro y coyuntura. Este año que pasó nos dejó claro que el boom del teatro fue una quimera. Un espejismo creado por la empresa que secuestra al teatro peruano y lo enarbola como el último grito de la moda. Y ya sabemos que la moda es pasajera. No nos mintamos. Hay una importante élite teatral que ha encontrado en esta plataforma de economías emergentes un refugio que “marca tendencia”. Esto quiere decir que si este sistema propone que tal temática o tal estética es la que nos representa, sin duda los demás intentaremos alinearnos porque eso dice el mercado y sus mercaderes. Por ejemplo, la memoria, oportunamente centrada en el conflicto armado de los últimos años del siglo pasado. O el teatro testimonial, que además se apropia de conceptos dinámicos (biodrama, verfremdungseffekt, sicodrama, teatro foro) que no siempre funcionan -en su aplicación escénica- para estructuras comunicantes de este tipo. Ejemplos hay muchos y se esparcen como pólvora recién descubierta por todo el país. En conclusión: se hace mucho, pero se piensa poco. Muy poco.

  • La gloriosa tiza de los maestros

    Este 2017 ha sido un año confrontativo. Vertiginoso y poco amable. Un año donde la sinceridad se nos ha puesto al frente como caballo chúcaro. Un despiadado niño costero que nunca terminó de ser atendido por las autoridades. La corruptela pandémica del sistema político donde solo son señalados los pejerreyes. El peor Congreso de la historia republicana del Perú… Y una larguísima huelga de maestros que nos dejó más preguntas que respuestas. Por otro lado, y en correspondencia a lo que sucede, el teatro también tuvo un año visitado por las sombras del Tártaro. Acusaciones de violencia sexual en procesos creativos. Usos indebidos de imagen. Denuncias de actores a directores y viceversa. Producciones que dijeron y luego se desdijeron. Salas que se cierran. Precios que suben. Señalamientos afiebrados en las redes y dimes-y-diretes que solo exacerban el morbo de la audiencia. Esto no es nuevo, dirán. Pero este año se ha sentido el coscorrón un poco más fuerte, diría mi abuela también maestra. Este año ha dolido. Y mucho.

  • Todas las voces, todas

    Estoy en una comuna rural de la sexta región de Chile. Pichidegua se llama. Tierra de Pequeñas Ratas se lee en mapudungún. Nada más bello y oportuno. La falda cordillerana es el lecho nupcial de los amantes más inquietos del teatro o una orgía de sueños de infieles trashumantes. He visto el cielo pintarse de colores que no conocía. He sido la Duquesa del Hotel Olimpo. El rengo más amado de Rengo. Todas las voces del camino de la fruta. He sido Lemebel, Violeta y Lautaro. Por alguna razón, y con clara influencia bicentenaria, pienso en dos grandes conquistadores de la palabra en acción: José Sanchis Sinisterra y Sergi Belbel. Maestro y discípulo. Ambos catalanes. ¡Oh coincidencia! Es que claro, esta columna se llama “hic et nunc” y no puedo escaparme de ejercitar el pensamiento que observa la realidad de lo que pasa “aquí y ahora”. ¿Cómo se imaginan el teatro latinoamericano? ¿Qué conocen? ¿Qué ven?

  • Así que pasen cinco años

    Acabamos de cerrar Casa EspacioLibre luego de cinco años de gestión ininterrumpida. Tiempo que coincide con los dieciochos años de EspacioLibre. Tiempo que nos confirma que ser permeable a los cambios es fundamental en la construcción convivial de un grupo de teatro. Nadie puede negar que Lima, y especialmente Barranco, disfrutó de un espacio para el teatro donde antes solo hubo una cochera y un antiguo estudio de grabación. Ojalá sus nuevos inquilinos sepan darle la vida que merece. Felizmente para nosotros la memoria no mira atrás con estupor, ni hace con el rastro un museo de buenos momentos abierto al público que nos paga una entrada. Solo se trata de abrir las ventanas al aire fresco del futuro. Un largo abrazo a quienes nos acompañaron. Que no son pocos. ¿Qué haremos ahora? ¡Simplemente seguir!

  • Una revolución que se muestra

    ¿Por dónde pasa la revolución del teatro? Me pregunto con frecuencia. Siempre hay un territorio en crisis por donde se observan las nuevas palpitaciones del inquieto teatro de los últimos años. Soy un convencido de que en el Perú […]

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