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Autor: Diego La Hoz

"HIC ET NUNC" (Aquí y ahora)

En esta columna podrás encontrar una mirada panorámica de los diversos teatros del Perú y su relación con lo colectivo como forma de resistencia en los territorios más vulnerables de la creación. Las nuevas generaciones del teatro tendrán especial atención.
  • Caiga quien caiga

    Cada cierto tiempo vuelvo a revisar algunos libros, revistas, artículos o simplemente frases que me acompañan a lo largo de estas dos décadas en el teatro. Tengo en mis manos la segunda edición de la Revista “Textos de Teatro Peruano” del año 1994. Hay un capítulo con aires de ciencia ficción que invita a distintos teatristas a imaginar cómo sería el teatro en el cambio de siglo. Las respuestas son tan mágicas como dolorosas. En el colofón del panorama fantástico que le corresponde a Miguel Rubio dice: “De lo único que estoy seguro es que la creación colectiva y el teatro de grupo serán el último grito de la moda”. Está claro. Tal certeza se acerca más a una pasarela de diseñadores vintage y modelitos pin-up. Cada uno tiene derecho a soñar con esperanza el mundo que le da de comer. Yo hubiese sido menos optimista. Lo cierto es que, en estos primeros dieciocho años del siglo XXI, la tendencia es la individualización del proceso creativo y la grupalidad se convierte en un terreno ambiguo de habitantes que van y vienen según convenga. Sin embargo, creo firmemente en la función social (y transformadora) del teatro. Función que, para operar, requiere no solo del espectador y el actor como premisa básica, sino de un hacer concatenado de saberes que dialogan de forma interactiva. Nunca lineal como versa la tradicional teoría de la comunicación unidireccional. En este sentido, el teatro es convivio. Y en el Perú, su función social, es la memoria. Por lo tanto, nuestros teatros son reservas colectivas para producir conocimiento. Pese al sistemático embrutecimiento al que la sociedad actual está sumida, los creadores tenemos un rol fundamental en la escuela no áulica del trueque y del arte-sano. Esta forma se remonta al mundo pre-hispánico y mucho antes. Somos gregarios por naturaleza. Somos acción por naturaleza. Somos imaginativos por naturaleza. El teatro es el espacio de las artes escénicas donde la ficción revela la verdad, que no necesariamente es la realidad, escribió el arqueólogo Luis Guillermo Lumbreras. Esta verdad única es la verdad de los pueblos y de sus costumbres. La que se transmite y se evoca a través del tiempo en fiestas/celebraciones que se articulan desde el rito colectivo. O sea, el teatro en su estado más puro y singular. Y si el teatro es un fenómeno convivial, ¿Dónde están los grupos?

  • Más allá de lo evidente

    Mi columna anterior generó un interesante diálogo gracias a que Sergio Velarde en su blog Oficio Crítico tomó como punto de partida algunas reflexiones para hablar sobre los peligros del (micro)teatro y su entorno ferial en su comentario sobre DaDa Teatro ¿Preguntas sin respuestas?. Quisiera profundizar un poco más. El peligro no está en hacer teatro para empresas culturales. Tampoco tiene nada de malo entretener. Nada. Sin embargo, los estándares de calidad artística no van al mismo ritmo de sus intereses. Por el contrario, estamos normalizando conductas que no son (realmente) plurales y que parecen responder a oligopolios cada vez más entrampados. Es posible que, por primera vez, el teatro peruano requiera definirse en otros -y bien delimitados- márgenes. Quizá lo que durante años llamamos teatro independiente (extrapolando torpemente el concepto argentino) recién empiece a cobrar sentido. Estas paradojas éticas que tanta polémica desatan, y que son propias de este tiempo, no son más que el síntoma de que algo debe empezar a cambiar o que, de lo contrario, seremos arrinconados hasta morir de inanición. Porque clarito debe quedarnos que poco importa quién se muera en el camino.

  • De modas y otros trueques

    En mi columna anterior escribí lo siguiente: “Hay una importante élite teatral que ha encontrado en esta plataforma de economías emergentes un refugio que “marca tendencia”. Esto quiere decir que si este sistema propone que tal temática o tal estética es la que nos representa, sin duda los demás intentaremos alinearnos porque eso dice el mercado y sus mercaderes”. Varios colegas me pidieron que desarrolle el tema. Así lo haré. Y para hacerlo más dinámico busqué un par de ejemplos.

  • ¿Y si volvemos a empezar?

    No sé por dónde empezar. Llegó el 2018 y sigo pasmado. Han pasado tantas cosas en tan poco tiempo que es difícil enfocarse. Sin embargo, el ejercicio de lo inestable nos prepara, en cierta medida, para estos avatares. Mucho más si hablamos de teatro y coyuntura. Este año que pasó nos dejó claro que el boom del teatro fue una quimera. Un espejismo creado por la empresa que secuestra al teatro peruano y lo enarbola como el último grito de la moda. Y ya sabemos que la moda es pasajera. No nos mintamos. Hay una importante élite teatral que ha encontrado en esta plataforma de economías emergentes un refugio que “marca tendencia”. Esto quiere decir que si este sistema propone que tal temática o tal estética es la que nos representa, sin duda los demás intentaremos alinearnos porque eso dice el mercado y sus mercaderes. Por ejemplo, la memoria, oportunamente centrada en el conflicto armado de los últimos años del siglo pasado. O el teatro testimonial, que además se apropia de conceptos dinámicos (biodrama, verfremdungseffekt, sicodrama, teatro foro) que no siempre funcionan -en su aplicación escénica- para estructuras comunicantes de este tipo. Ejemplos hay muchos y se esparcen como pólvora recién descubierta por todo el país. En conclusión: se hace mucho, pero se piensa poco. Muy poco.

  • La gloriosa tiza de los maestros

    Este 2017 ha sido un año confrontativo. Vertiginoso y poco amable. Un año donde la sinceridad se nos ha puesto al frente como caballo chúcaro. Un despiadado niño costero que nunca terminó de ser atendido por las autoridades. La corruptela pandémica del sistema político donde solo son señalados los pejerreyes. El peor Congreso de la historia republicana del Perú… Y una larguísima huelga de maestros que nos dejó más preguntas que respuestas. Por otro lado, y en correspondencia a lo que sucede, el teatro también tuvo un año visitado por las sombras del Tártaro. Acusaciones de violencia sexual en procesos creativos. Usos indebidos de imagen. Denuncias de actores a directores y viceversa. Producciones que dijeron y luego se desdijeron. Salas que se cierran. Precios que suben. Señalamientos afiebrados en las redes y dimes-y-diretes que solo exacerban el morbo de la audiencia. Esto no es nuevo, dirán. Pero este año se ha sentido el coscorrón un poco más fuerte, diría mi abuela también maestra. Este año ha dolido. Y mucho.

  • Todas las voces, todas

    Estoy en una comuna rural de la sexta región de Chile. Pichidegua se llama. Tierra de Pequeñas Ratas se lee en mapudungún. Nada más bello y oportuno. La falda cordillerana es el lecho nupcial de los amantes más inquietos del teatro o una orgía de sueños de infieles trashumantes. He visto el cielo pintarse de colores que no conocía. He sido la Duquesa del Hotel Olimpo. El rengo más amado de Rengo. Todas las voces del camino de la fruta. He sido Lemebel, Violeta y Lautaro. Por alguna razón, y con clara influencia bicentenaria, pienso en dos grandes conquistadores de la palabra en acción: José Sanchis Sinisterra y Sergi Belbel. Maestro y discípulo. Ambos catalanes. ¡Oh coincidencia! Es que claro, esta columna se llama “hic et nunc” y no puedo escaparme de ejercitar el pensamiento que observa la realidad de lo que pasa “aquí y ahora”. ¿Cómo se imaginan el teatro latinoamericano? ¿Qué conocen? ¿Qué ven?

  • Así que pasen cinco años

    Acabamos de cerrar Casa EspacioLibre luego de cinco años de gestión ininterrumpida. Tiempo que coincide con los dieciochos años de EspacioLibre. Tiempo que nos confirma que ser permeable a los cambios es fundamental en la construcción convivial de un grupo de teatro. Nadie puede negar que Lima, y especialmente Barranco, disfrutó de un espacio para el teatro donde antes solo hubo una cochera y un antiguo estudio de grabación. Ojalá sus nuevos inquilinos sepan darle la vida que merece. Felizmente para nosotros la memoria no mira atrás con estupor, ni hace con el rastro un museo de buenos momentos abierto al público que nos paga una entrada. Solo se trata de abrir las ventanas al aire fresco del futuro. Un largo abrazo a quienes nos acompañaron. Que no son pocos. ¿Qué haremos ahora? ¡Simplemente seguir!

  • Una revolución que se muestra

    ¿Por dónde pasa la revolución del teatro? Me pregunto con frecuencia. Siempre hay un territorio en crisis por donde se observan las nuevas palpitaciones del inquieto teatro de los últimos años. Soy un convencido de que en el Perú […]

  • Paradojas de un escenario diverso

    “El seguro de vida de cualquier especie es la diversidad”, sentencia Isabel Allende en su libro . Mi colega Sebastián Eddowes dice, en su reciente columna de esta gentil plataforma, que cada cuerpo es único y tiene particularidades que […]

  • Ni crimen ni castigo

    “Las amamos mientras pueden y quieren sostener nuestra masculinidad. Pero cuando nos quieren dejar, nos dejan de amar o nos abandonan; las quemamos, las acuchillamos, las mutilamos. Porque su ausencia amenaza con hacernos menos hombres. Es una estocada de […]

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